Este texto fue escrito para la presentación de la exposición Mudanzas, acción de protesta convocada por Pedro Romero Vive Aquí a propósito de las prácticas locales develadas a propósito de de la realización de la Cumbre de las Américas.
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Esto comienza con una paradoja:
Habría que agradecerle a la realización de la Cumbre de las Américas por permitir, sin proponérselo, develarle a una ciudad incapaz de hacer las conexiones dentro de una sociedad densa, los hilos que atan todas las exclusiones que aquí se escenifican. Habría que agradecerle, en medio de la grima y el caos que provoca su organización, develarle a esta ciudad incapaz de hacer lecturas críticas complejas, la funcionalidad de las dinámicas y ejercicio político-administrativo. Habría que agradecerle intentar, por pura torpeza, develar las conexiones estructurales entre “las dos cartagenas”, las ciudades rica y pobre del cliché mitificado en la representación del desarrollo local, al que el Observatorio de Derechos Sociales y Desarrollo[1] (ODESDO) y los movimientos sociales han intentado desarraigar de los discursos y debates facilistas promovidos y defendidos por la tecnopastoral y la prensa local y nacional. Habría que agradecerle develar la hipocresía y la contradicción de los imaginarios patrimoniales que aquí se alimentan frente a la mercantilización de la espacialidad local, la venta plebe de lo defendido. En general, habría que agradecerle a la Cumbre organizada entre la torpeza, la ignorancia y la crueldad administrativa local y nacional servir de leitmotiv para la escenificación de todas las manifestaciones, situaciones y prácticas de discriminación y exclusión cotidianas, que responden a una superestructura sociorracial, sexista, machista y masculinista; clasista, elitista, higienista y demás; en resumen, una sociedad que ha logrado sincretizar en su lógica organizadora[2] las dinámicas más perversas del sistema mundial[3].
Claro que la ciudad va más allá. Cartagena es un fenómeno, tanto en la obviedad sociológica, como respondiendo a lo sobresaliente, extraordinario y monstruoso. Como fuera de serie, por monstruosa, es la decisión de recolectar, como cualquier residuo, a los(as) parias del modelo local que habitan, sobreviven o penan en las cercanías de lo que es el escenario de la Cumbre: la ciudad monumental. Recolectar, esconder, engavetar, negar.
Monstruoso pero nada ajeno a las prácticas locales. Los poderes sobre la ciudad han acelerado un proceso de desarrollo a partir del cual la pobreza y la población residual quedará arrumada, para empezar, en lo que llaman Triángulo de Desarrollo Social, un megagueto, un megapeladero, desconectado de las dinámicas económicas; la materialización de la ciudad pobre lejana deseada e imaginada. Del otro lado, la materialización de la ciudad postal soñada, la perpetuación de la escenografía armada para cada foro, festival, evento, cumbre y cuanta puesta en escena nacional e internacional lo requiere. La materialización de economías distintas: de ricos para ricos y de pobres para pobres. La utopía del credo liberal[4]: el desarraigo total de la circulación de capital y de las otras dinámicas en las que se (des)compone la sociedad.
En esta lógica, no hay penas para un secretario de interior y un alcalde que anuncian sin pudor el establecimiento temporal del apartheid. Sólo una prueba. Ya vendrán los tiempos en que no sea temporal. No habrá necesidad de más acciones de choque, de operativos higienistas sociales como los previos a la Cumbre. Dos cartagenas bien separadas, sin rupturas.
Monstruoso pero no ajeno a las prácticas locales. Consecuente con esto, tantas recientes y no tan recientes administraciones pelan el cobre al hacer balances sobre la administración de la pobreza y el cuidado de la riqueza ajena. Le han apostado a la construcción de ciudad y ciudadanía a partir de la suscripción al museo cerrado que constituye el orgullo local, al patriotismo hacia la piedra, el aprecio al monumento antes que al cuerpo social diverso que lo habita, lo sufre y lo rodea. Ciudad sin carne, sin sangre, sin sudor, sin bulla, sin humo, sin olor, sin tristeza, sin rostro, sin melancolía, sin soberbia humana. Ciudadanos sin derecho a la ciudad.
Cartagena es fuera de serie. Después de que los macarras del espacio público y su ejército plebe se empeñaran en limpiar cualquier manifestación de comercio o práctica popular en el Centro y zonas de interés para el mercado local/nacional/transnacional, restriegan su arbitrariedad en la administración del espacio colectivo local, exponen los símbolos del poder del mercado sobre la piedra negada para lo pobre y “feo”. Heraldo o muestra de lo pretendido. De su centro revitalizado, pero con vida artificial, sin sangre, sin médula. Más que carros y café, lo que está en el muestrario es el insulto.
Es que Cartagena de Indias es un insulto sostenido, perpetuo. Tanto que se ha hecho hábito. Tanto que se ha hecho marca. La marca de una clase hegemónica provincial, que abre las puertas de la ciudad a beneficio propio, no colectivo, no general. Una marca de “tres tiras”, sin rostro, sin entraña, a partir de la cual un director de turismo de su clase anuncia, sin pena, sin vergüenza, que comenzaremos a repensarnos y representarnos. El logo de la venta urbana. Un pedo de mariposa que de ser inofensivo provocaría risa. Pero es la marca de un esclavo medio empelota, de la fetichización de la historia, de la mofa al holocausto local, que se siente y se vive, que se reinventa.
Como se reinventa el discurso detrás del que se esconde el modelo, vestido de gala, vestido de pobre, vestido de negro, vestido de popular, vestido de mujer, de rico bondadoso, de blanco con sabor afrodescendiente, de negro blanqueado, de progresista, de científico, de activista. Tarea de todo un batallón de críticos ligeros, legitimando por antonomasia, corriendo de un lado a otro buscando una injusticia para explotar como quien busca una historia que contar. Consejos gremiales disfrazados de Ong, capataces que pasan por revolucionarios, mercaderes por críticos, lenguas largas por iconoclastas, payasos por intelectuales, cuenteros por analistas, gatopardos por libertadores. La cereza del insulto.
Es que Cartagena de Indias es un insulto sostenido. Tanto que se ha hecho marca. La marca que como un tufo se siente en cada editorial y casi toda nota de los principales medios y periódicos, comenzando por el más local y tradicional. La marca de una máquina de representaciones activa y eficiente, con intención de clase y aplaudida. El veto público (y legitimado) al sudor y el olor de la gente pobre y popular. La hidalguía hecha medio de comunicación para implantar una sola estética urbana donde no cabe ni siquiera la Cumbre de los Pueblos. Una estética de talco. Una ciudad sin conflictos y sin caos. El sueño de los promotores de la marca. El dominio por la fuerza de una belleza simple y mocha.
La marca y la Cumbre son parte de lo mismo, más allá de logos. Niegan lo que está en los rostros de cada víctima del modelo que defiende. Niegan las contradicciones, los costos, lo residual, que es gigante. Niegan las marcas, heridas de una historia de exclusiones, de discriminaciones, de violencias, de agresiones, de negaciones. La marca, que es la Cumbre, niega la úlcera que es la ciudad. Lo que se descompone, lo que se pierde. La constante y sostenida pérdida del tejido humano y de todo lo orgánico.
Porque Cartagena de Indias es una pérdida sostenida. Un destierro cotidiano y un entierro masivo. Una historia de olvidos, el ocultamiento de las injusticias históricas que parieron las contemporáneas. El acallamiento de los lamentos. La negación de la mirada que culpa y exige su lugar. El olvido de Getsemaní, de Pekín, de Chambacú, del Papayal, de San Francisco, de Tesca, del Muelle de los Pegasos, de los barrios de la Popa, de la Boquilla, de Manzanillo del Mar, de Punta Canoa, de Manga, de Barú, de la Ciénaga de la Virgen, del Mercado Público en Getsemaní y en Bazurto, del Barrio Chino, de todos los sectores populares sujetos al trasteo inconsulto. De las plazoletas del centro. De los muertos de hambre y los muertos a bala. De los jodidos. El vacío detrás de la hipocresía y la condescendencia. Las palmaditas para acallar los lamentos. Paños para acallar gritos.
Porque Cartagena de Indias es un grito sostenido. Desde el grito del Benkos Biohó, el de carne y hueso emancipado y el rescatado en su libertad literaria para el mundo y la ciudad por Roberto Burgos Cantor: “Gritar para expulsar esta imposición de olvido (….) Gritar. Así protejo de la devastación esta memoria asediada que es la única señal para reconocer que yo soy yo”[5].
El grito de Pedro Romero, el de carne y hueso de hace 200 años y el de arte, carne y hueso que ahora Vive Aquí. El grito en el trabajo de Manuel Zapata Olivella, en la obra de Luis Carlos (“El Tuerto”) López, de Héctor Rojas Herazo, de los contemporáneos Rómulo Bustos Aguirre y Pedro Blas Julio Romero; en la diversidad y densidad del trabajo de Jorge García Usta, las emancipaciones académicas de Alfonso Múnera Cavadía y muchos otros que desde la universidad se sacuden la marca. El grito en las mujeres solas[6] en la pintura de Dalmiro Lora. El de las organizaciones y los movimientos sociales. Las mujeres del Movimiento Social agrupadas en la Mesa permanente, en la insistencia y perseverancia de Funsarep, Aprodic, las organizaciones sociales de afrodescendientes, las organizaciones comunitarias. Todos y todas quienes sostienen el grito entre los estertores de inconformismo del que grita por su derecho al blanqueamiento y se calma con el abrazo de las élites locales.
Esas élites que por una semana legitiman y explayan su poder y sus intenciones bajo la excusa de la Cumbre. Poder sujeto al abrazo de centros más poderos, propio de una ciudad con ínfulas de centro pero en la periferia del mundo. En un rincón del mundo y su sistema de exclusiones por niveles. Las de aquí, élites blancas, pero no tanto; ricas, pero no tanto; poderosas, pero no tanto.
Se reúnen todos en la Cumbre que es marca. Muestrario de lo que debería ser su ciudad soñada. La que está protegida de la gente. Ciudadanos tratados como enemigos de la ciudad, vigilados, controlados, atemorizados por los fusiles y los uniformes que erotizan a muchos(as) editorialistas y reporteros(as). Miles de hombres custodiando una farsa.
Porque Cartagena es también una farsa sostenida. Una farsa hecha marca. Que promueve el baile contra el racismo, el salto contra el sexismo, la risa contra la pobreza. Que ante la imposibilidad de construir una ciudad compleja la simula con simplismo. Llueven crónicas de ricos en las revistas de viajes y crónicas de pobres en otras revistas. Elocuencia mata densidad. Estética mata ética.
La marca es también una farsa. Un logo penoso que de ser inofensivo provocaría risa. Risa, de no ocultar lo que muestra el libertango y todo el trabajo audiovisual de Pedro Romero Vive Aquí; y la dignidad, la tristeza y el dolor en las gentes retratadas en “MUDANZAS”, que hicieron en reacción a la persecución por la Cumbre, que están también en la mirada de la Mujer de falda pronta de Dalmiro Lora, o en los gritos de los personajes de Oscar Collazos, de Roberto Burgos, que son, hechos arte, los gritos de la gente que sufre la ciudad. De quienes como el Benkos Biohó de Burgos gritan “para desatascar el dolor” y “no matarse con la lengua”: “Gritar para recuperar mi nombre. Para rechazar el nombre que me ponen encima del mío y así me llaman sin respeto (….) Gritar para que no se olvide mi nombre”. Gritan para que no se olvide el dolor.
Porque Cartagena de Indias es un dolor sostenido. Puede que al final de la Cumbre sea evidente cuál es su marca.
[1] Puede verse:
- ODESDO. (2009). Ciudad heterogénea, diversa y desigual. Aproximación sociodemográfica a la población afrocolombiana y al panorama social de Cartagena de Indias. Coordinado por Casanovas L. Observatorio de Derechos Sociales y Desarrollo. Cartagena de Indias
- SARMIENTO, L. (2010). Cartagena de Indias: el mito de las dos ciudades. Observatorio de Derechos Sociales Sociales y Desarrollo. Cartagena de Indias.
- ARNAIZ M,C. & CASANOVAS, L. (2010). Las mujeres y el mercado laboral en Cartagena de Indias. Una mirada a los derechos laborales de las mujeres de los sectores populares. Observatorio de Derechos Sociales y Desarrollo. Cartagena de Indias.
También pueden revisarse las nueve ediciones de la revista Anaqueles de Ciudadanía.
[2] SASSEN, S. (2006). Territorio autoridad y derechos. De los ensamblajes medievales a los ensamblajes locales. Katz editores. Buenos Aires, 2010.
[3] WALLERSTEIN, I. (1974, 1980, 1989). El moderno sistema mundial. Tres tomos: Siglo XXI Editores. Madrid, 1979, 1998 y 1998 (en orden de los tomos).
[4] POLANYI, K. (1944). La gran transformación. Los orígenes políticos y económicos de nuestro tiempo. Fondo de Cultura Económica. México, 2003.
[5] BURGOS, R. (2007). La ceiba de la memoria. Editorial Planeta.
[6] “Crónica de mujeres solas” se expone en el Auditorio de la Fundación Colombo internacional durante abril, enmarcado en el Seminario “Jóvenes Cultura y Cambio Social: homenaje a En Tono Menor”, organizado por el grupo de investigación literario CEILIKA, como acto de celebración a los 20 años de la Facultad de Ciencias Humanas desde el Programa de Lingüística y Literatura de la Universidad de Cartagena. Más información del seminario en: http://www.mineducacion.gov.co/cvn/1665/w3-article-300402.html