Posteado por: santiagoburgos | 15 abril, 2012

La cumbre, la marca, la úlcera

Este texto fue escrito para la presentación de la exposición Mudanzas, acción de protesta convocada por Pedro Romero Vive Aquí a propósito de las prácticas locales develadas a propósito de de la realización de la Cumbre de las Américas.

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Esto comienza con una paradoja:

Habría que agradecerle a la realización de la Cumbre de las Américas por permitir, sin proponérselo, develarle a una ciudad incapaz de hacer las conexiones dentro de una sociedad densa, los hilos que atan todas las exclusiones que aquí se escenifican. Habría que agradecerle, en medio de la grima y el caos que provoca su organización, develarle a esta ciudad incapaz de hacer lecturas críticas complejas, la funcionalidad de las dinámicas y ejercicio político-administrativo. Habría que agradecerle intentar, por pura torpeza, develar las conexiones estructurales entre “las dos cartagenas”, las ciudades rica y pobre del cliché mitificado en la representación del desarrollo local, al que el Observatorio de Derechos Sociales y Desarrollo[1] (ODESDO) y los movimientos sociales han intentado desarraigar de los discursos y debates facilistas promovidos y defendidos por la tecnopastoral y la prensa local y nacional. Habría que agradecerle develar la hipocresía y la contradicción de los imaginarios patrimoniales que aquí se alimentan frente a la mercantilización de la espacialidad local, la venta plebe de lo defendido. En general, habría que agradecerle a la Cumbre organizada entre la torpeza, la ignorancia y la crueldad administrativa local y nacional servir de leitmotiv para la escenificación de todas las manifestaciones, situaciones y prácticas de discriminación y exclusión cotidianas, que responden a una superestructura sociorracial, sexista, machista y masculinista; clasista, elitista, higienista y demás; en resumen, una sociedad que ha logrado sincretizar en su lógica organizadora[2] las dinámicas más perversas del sistema mundial[3].

Claro que la ciudad va más allá. Cartagena es un fenómeno, tanto en la obviedad sociológica, como respondiendo a lo sobresaliente, extraordinario y monstruoso. Como fuera de serie, por monstruosa, es la decisión de recolectar, como cualquier residuo, a los(as) parias del modelo local que habitan, sobreviven o penan en las cercanías de lo que es el escenario de la Cumbre: la ciudad monumental. Recolectar, esconder, engavetar, negar.

Monstruoso pero nada ajeno a las prácticas locales. Los poderes sobre la ciudad han acelerado un proceso de desarrollo a partir del cual la pobreza y la población residual quedará arrumada, para empezar, en lo que llaman Triángulo de Desarrollo Social, un megagueto, un megapeladero, desconectado de las dinámicas económicas; la materialización de la ciudad pobre lejana deseada e imaginada. Del otro lado, la materialización de la ciudad postal soñada, la perpetuación de la escenografía armada para cada foro, festival, evento, cumbre y cuanta puesta en escena nacional e internacional lo requiere. La materialización de economías distintas: de ricos para ricos y de pobres para pobres. La utopía del credo liberal[4]: el desarraigo total de la circulación de capital y de las otras dinámicas en las que se (des)compone la sociedad.

En esta lógica, no hay penas para un secretario de interior y un alcalde que anuncian sin pudor el establecimiento temporal del apartheid. Sólo una prueba. Ya vendrán los tiempos en que no sea temporal. No habrá necesidad de más acciones de choque, de operativos higienistas sociales como los previos a la Cumbre. Dos cartagenas bien separadas, sin rupturas.

Monstruoso pero no ajeno a las prácticas locales.  Consecuente con esto, tantas recientes y no tan recientes administraciones pelan el cobre al hacer balances sobre la administración de la pobreza y el cuidado de la riqueza ajena. Le han apostado a la construcción de ciudad y ciudadanía a partir de la suscripción al museo cerrado que constituye el orgullo local, al patriotismo hacia la piedra, el aprecio al monumento antes que al cuerpo social diverso que lo habita, lo sufre y lo rodea. Ciudad sin carne, sin sangre, sin sudor, sin bulla, sin humo, sin olor, sin tristeza, sin rostro, sin melancolía, sin soberbia humana. Ciudadanos sin derecho a la ciudad.

Cartagena es fuera de serie. Después de que los macarras del espacio público y su ejército plebe se empeñaran en limpiar cualquier manifestación de comercio o práctica popular en el Centro y zonas de interés para el mercado local/nacional/transnacional, restriegan su arbitrariedad en la administración del espacio colectivo local, exponen los símbolos del poder del mercado sobre la piedra negada para lo pobre y “feo”. Heraldo o muestra de lo pretendido. De su centro revitalizado, pero con vida artificial, sin sangre, sin médula. Más que carros y café, lo que está en el muestrario es el insulto.

Es que Cartagena de Indias es un insulto sostenido, perpetuo. Tanto que se ha hecho hábito. Tanto que se ha hecho marca. La marca de una clase hegemónica provincial, que abre las puertas de la ciudad a beneficio propio, no colectivo, no general. Una marca de “tres tiras”, sin rostro, sin entraña, a partir de la cual un director de turismo de su clase anuncia, sin pena, sin vergüenza, que comenzaremos a repensarnos y representarnos. El logo de la venta urbana. Un pedo de mariposa que de ser inofensivo provocaría risa. Pero es la marca de un esclavo medio empelota, de la fetichización de la historia, de la mofa al holocausto local, que se siente y se vive, que se reinventa.

Como se reinventa el discurso detrás del que se esconde el modelo, vestido de gala, vestido de pobre, vestido de negro, vestido de popular, vestido de mujer, de rico bondadoso, de blanco con sabor afrodescendiente, de negro blanqueado, de progresista, de científico, de activista. Tarea de todo un batallón de críticos ligeros, legitimando por antonomasia, corriendo de un lado a otro buscando una injusticia para explotar como quien busca una historia que contar. Consejos gremiales disfrazados de Ong, capataces que pasan por revolucionarios, mercaderes por críticos, lenguas largas por iconoclastas, payasos por intelectuales, cuenteros por analistas, gatopardos por libertadores. La cereza del insulto.

Es que Cartagena de Indias es un insulto sostenido. Tanto que se ha hecho marca. La marca que como un tufo se siente en cada editorial y casi toda nota de los principales medios y periódicos, comenzando por el más local y tradicional. La marca de una máquina de representaciones activa y eficiente, con intención de clase y aplaudida. El veto público (y legitimado) al sudor y el olor de la gente pobre y popular. La hidalguía hecha medio de comunicación para implantar una sola estética urbana donde no cabe ni siquiera la Cumbre de los Pueblos. Una estética de talco. Una ciudad sin conflictos y sin caos. El sueño de los promotores de la marca. El dominio por la fuerza de una belleza simple y mocha.

La marca y la Cumbre son parte de lo mismo, más allá de logos. Niegan lo que está en los rostros de cada víctima del modelo que defiende. Niegan las contradicciones, los costos, lo residual, que es gigante. Niegan las marcas, heridas de una historia de exclusiones, de discriminaciones, de violencias, de agresiones, de negaciones. La marca, que es la Cumbre, niega la úlcera que es la ciudad. Lo que se descompone, lo que se pierde. La constante y sostenida pérdida del tejido humano y de todo lo orgánico.

Porque Cartagena de Indias es una pérdida sostenida. Un destierro cotidiano y un entierro masivo. Una historia de olvidos, el ocultamiento de las injusticias históricas que parieron las contemporáneas. El acallamiento de los lamentos. La negación de la mirada que culpa y exige su lugar. El olvido de Getsemaní, de Pekín, de Chambacú, del Papayal, de San Francisco, de Tesca, del Muelle de los Pegasos, de los barrios de la Popa, de la Boquilla, de Manzanillo del Mar, de Punta Canoa, de Manga, de Barú, de la Ciénaga de la Virgen, del Mercado Público en Getsemaní y en Bazurto, del Barrio Chino, de todos los sectores populares sujetos al trasteo inconsulto. De las plazoletas del centro. De los muertos de hambre y los muertos a bala. De los jodidos. El vacío detrás de la hipocresía y la condescendencia. Las palmaditas para acallar los lamentos. Paños para acallar gritos.

Porque Cartagena de Indias es un grito sostenido. Desde el grito del Benkos Biohó, el de carne y hueso emancipado y el rescatado en su libertad literaria para el mundo y la ciudad por Roberto Burgos Cantor: “Gritar para expulsar esta imposición de olvido (….) Gritar. Así protejo de la devastación esta memoria asediada que es la única señal para reconocer que yo soy yo”[5].

El grito de Pedro Romero, el de carne y hueso de hace 200 años y el de arte, carne y hueso que ahora Vive Aquí. El grito en el trabajo de Manuel Zapata Olivella, en la obra de Luis Carlos (“El Tuerto”) López, de Héctor Rojas Herazo, de los contemporáneos Rómulo Bustos Aguirre y Pedro Blas Julio Romero; en la diversidad y densidad del trabajo de Jorge García Usta, las emancipaciones académicas de Alfonso Múnera Cavadía  y muchos otros que desde la universidad se sacuden la marca. El grito en las mujeres solas[6] en la pintura de Dalmiro Lora. El de las organizaciones y los movimientos sociales. Las mujeres del Movimiento Social agrupadas en la Mesa permanente, en la insistencia y perseverancia de Funsarep, Aprodic, las organizaciones sociales de afrodescendientes, las organizaciones comunitarias. Todos y todas quienes sostienen el grito entre los estertores de inconformismo del que grita por su derecho al blanqueamiento y se calma con el abrazo de las élites locales.

Esas élites que por una semana legitiman y explayan su poder y sus intenciones bajo la excusa de la Cumbre. Poder sujeto al abrazo de centros más poderos, propio de una ciudad con ínfulas de centro pero en la periferia del mundo. En un rincón del mundo y su sistema de exclusiones por niveles. Las de aquí, élites blancas, pero no tanto; ricas, pero no tanto; poderosas, pero no tanto.

Se reúnen todos en la Cumbre que es marca. Muestrario de lo que debería ser su ciudad soñada. La que está protegida de la gente. Ciudadanos tratados como enemigos de la ciudad, vigilados, controlados, atemorizados por los fusiles y los uniformes que erotizan a muchos(as) editorialistas y reporteros(as). Miles de hombres custodiando una farsa.

Porque Cartagena es también una farsa sostenida. Una farsa hecha marca. Que promueve el baile contra el racismo, el salto contra el sexismo, la risa contra la pobreza. Que ante la imposibilidad de construir una ciudad compleja la simula con simplismo. Llueven crónicas de ricos en las revistas de viajes y crónicas de pobres en otras revistas. Elocuencia mata densidad. Estética mata ética.

La marca es también una farsa. Un logo penoso que de ser inofensivo provocaría risa. Risa, de no ocultar lo que muestra el libertango y todo el trabajo audiovisual de Pedro Romero Vive Aquí; y la dignidad, la tristeza y el dolor en las gentes retratadas en “MUDANZAS”, que hicieron en reacción a la persecución por la Cumbre, que están también en la mirada de la Mujer de falda pronta de Dalmiro Lora, o en los gritos de los personajes de Oscar Collazos, de Roberto Burgos, que son, hechos arte, los gritos de la gente que sufre la ciudad. De quienes como el Benkos Biohó de Burgos gritan “para desatascar el dolor” y “no matarse con la lengua”: “Gritar para recuperar mi nombre. Para rechazar el nombre que me ponen encima del mío y así me llaman sin respeto (….) Gritar para que no se olvide mi nombre”. Gritan para que no se olvide el dolor.

Porque Cartagena de Indias es un dolor sostenido. Puede que al final de la Cumbre sea evidente cuál es su marca.


[1] Puede verse:

-          ODESDO. (2009). Ciudad heterogénea, diversa y desigual. Aproximación sociodemográfica a la población afrocolombiana y al panorama social de Cartagena de Indias. Coordinado por Casanovas L. Observatorio de Derechos Sociales y Desarrollo. Cartagena de Indias

-          SARMIENTO, L. (2010). Cartagena de Indias: el mito de las dos ciudades. Observatorio de Derechos Sociales Sociales y Desarrollo. Cartagena de Indias.

-          ARNAIZ M,C. & CASANOVAS, L. (2010). Las mujeres y el mercado laboral en Cartagena de Indias. Una mirada a los derechos laborales de las mujeres de los sectores populares. Observatorio de Derechos Sociales y Desarrollo. Cartagena de Indias.

También pueden revisarse las nueve ediciones de la revista Anaqueles de Ciudadanía.

[2] SASSEN, S. (2006). Territorio autoridad y derechos. De los ensamblajes medievales a los ensamblajes locales.  Katz editores. Buenos Aires, 2010.

[3] WALLERSTEIN, I. (1974, 1980, 1989). El moderno sistema mundial. Tres tomos: Siglo XXI Editores. Madrid, 1979, 1998 y 1998 (en orden de los tomos).

[4] POLANYI, K. (1944). La gran transformación. Los orígenes políticos y económicos de nuestro tiempo. Fondo de Cultura Económica. México, 2003.

[5] BURGOS, R. (2007). La ceiba de la memoria. Editorial Planeta.

[6] “Crónica de mujeres solas” se expone en el Auditorio de la Fundación Colombo internacional durante abril, enmarcado en el Seminario “Jóvenes Cultura y Cambio Social: homenaje a En Tono Menor”, organizado por el grupo de investigación literario CEILIKA, como acto de celebración a los 20 años de la Facultad de Ciencias Humanas desde el Programa de Lingüística y Literatura de la Universidad de Cartagena. Más información del seminario en: http://www.mineducacion.gov.co/cvn/1665/w3-article-300402.html

Posteado por: santiagoburgos | 8 marzo, 2012

De modernidades, gatopardos y derecho a la ciudad

Esta ciudad es una crisis perpetua. Un episodio cada semana. Una indignación, una ofensa, una vergüenza, una perversión. En la protesta, casi todo se invierte en estertores. Una manifestación aquí, un reclamo allá. A una tragedia que se reinventa se le cruza una protesta que se reinicia. Con cada crisis: un lamento y reset.

Además de flujo total de imágenes, Cartagena de Indias es vorágine de reclamos y movilizaciones, muchas, tan heroicas y míticas como ligeras y banales. Tan superficiales que acaso si alcanzan a rayarle la pintura al modelo, a esa estructura fascista, clasista, sexista y racista a la que están atadas las prácticas y las situaciones cotidianas de discriminación y exclusión. En principio, porque gran parte de estas movilizaciones responden a esa lógica de la autodestrucción innovadora que Marshall BermanAnthony Giddens y, en caliente, Karl Marx (entre otros), subrayaron de la modernidad (o del modernismo específicamente). Esa necesidad de destruir para reiniciar siempre sobre cenizas, como un fetiche de la originalidad y la innovación.

Encriptada en esa movilización masiva y pop está la evidencia de que estar incómodos con la posición en el modelo de la ciudad no es lo mismo que estar en contra del modelo. Las recientes semanas se han anunciado batallas míticas por el derecho a la ciudad, pero sin conexión con las dinámicas complejas del sistema social-urbano, sin arraigo alguno con las dimensiones múltiples, que quizá deben buscarse en las estrías de la ciudad plegada. Como diría el citado Berman, carecen de “visión crítica de la historia como actividad agitada, de la lucha y el progreso dialéctico y de las contradicciones dinámicas”. Protagonizan un levantamiento ruidoso pero posado, que pretende emular la dimensión estética de la ética que sostiene el modelo local: “Racista el que no salte”, “clasista el que no grite”. Porque aceptan dar las discusiones nada más que en la superficie y sólo la superficie se altera.

Allí, por encima, se arma una ola que pone alcaldes y alcaldesas, que despide funcionarias y logra rectificaciones públicas y aplausos. Pero que no sólo pasa por alto las conexiones más profundas de la discriminación social, sino que parte del desconocimiento del trabajo sostenido por el que otras organizaciones y movimientos locales han tenido que pagar altísimos costos. Y hacen vacío de la lucha cotidiana que durante décadas han mantenido contra un sistema al que le sobran los pobres, especialmente afrocolombianos, mujeres, población LGBTI, población con discapacidad y víctimas de la violencia que ejerce la ciudad, como cuerpo social y como espacio humano, sobre quien esté más jodido. Vacían, para poder fundar su gesta sobre una nada imaginada, más deseosos de guardarse un lugar en la historia tradicional que del cambio en la estructura.

En ese sentido, resulta contradictorio que muchas de estas organizaciones y personas, terminen reclamando contra un modelo que ayudan (o ayudaron) a construir, especialmente en relación a la monumentalización de la ciudad y del centro y a la suscripción de las lealtades sociales y ciudadanas a partir de la museificación de la piedra y el concreto. Fue por eso que despejaron todas las plazoletas y parques para imponer una estética de piedra roja. Sus resultados sobre lo humano-urbano quedaron denunciados en el bello y desgarrador réquiem que Pedro Romero Vive Aquí dejó como evidencia de la infamia: Libertango, una ocupación pacífica realizada en junio de 2011.

Es en relación a esa estética y sus valoraciones, como la de la marca ciudad (de ciudad vacía), que el trabajo crítico y denso de Pedro Romero Vive Aquí pone en conflicto, que pueden pasarse por alto las objeciones de fondo a un modelo que mata gente, a punta de hambre, de tedio, de disparos, de angustia, de miedo. Y se justifican por negación las presiones criminales sobre sectores populares, como los del Cerro de la Popa, por cuyo reconocimiento y desarrollo ha trabajado la asociación Funsarep durante más de un cuarto de siglo. O los de la Boquilla y otros barrios. Así se arrastra la pobreza a los rincones más polvorientos y áridos de la ciudad, mientras la rica tierra despejada se negocia, en gran parte, a beneficio de familias de la élite local y nacional. Así se ignora la densidad que el Movimiento Social de Mujeres pretende de los debates sobre género y derechos; o que una parte del movimiento afrocolombiano espera de los abordajes del patrón socioracial.

Así la discusión de los derechos queda reducida a una analogía de Turbay, esperando “reducirla a sus justas proporciones”. No ser discriminado como un derecho exclusivo que se gana a punta de obras, acciones, adquisiciones, decisiones y tecnopastorales en favor del sistema local y del mito de la ciudad. La garantía del derecho al blanqueamiento, como puerta de entrada a los beneficios del sistema. Una llave de la ciudad entregada por las élites. Una revolución de gatopardos.

Posteado por: santiagoburgos | 17 enero, 2012

Frankenstein de Indias

Víctor Frankenstein y el monstruo que creó se condenaron de forma mutua. En Cartagena de Indias, sin embargo, como si la realidad pudiera ser alguna vez la ucronía de una historia de ficción, los personajes de Mary W. Shelley acordaron condenar sólo al resto.

En esta versión materializada en la ciudad, la disputa entre un Frankenstein formado por ilustres apellidos y su creación de retazos de pueblo autoproclamado, académicos funcionales y perros de guerra  de clase media, se saldó con un pacto, a partir del cual, cada cuatrenio o cuando corresponda, el Frankenstein [los Frankenstein] de Cartagena rehace[n] a su criatura [a sus criaturas]. No le fabrica la fémina que pedía en la novela, pero a veces lo convierte en una: engendro unisex. Frankenstein odia a su “demonio”, lo aborrece y lo perseguiría hasta la misma punta norte congelada del mundo donde Robert Walton los conoció a ambos en la ficción de Shelley; pero más le puede lo que sabe y le alcanza a explotar. El doctor [aunque es un químico en la obra] de esta historia local, carente de culpa y vergüenza, le da uso a su creación.

El local es un señor medio aristócrata y medio burgués, como el de Shelley, pero “medio huevo”, medio provinciano. La criatura es medio virtuosa, medio inteligente y medio idiota, algunas veces; otras, más parecida a la de Shelley, pero “medio huevo”, también.

El monstruo de la versión que la ciudad reproduce, algunas veces esconde los dientes blancos que aterraban a su creador y quizá aparece sin esas muecas que repudió el Víctor Frankenstein de la ficción. Un engendro que a veces baila y ríe. Detalles. Pero es la puesta en escena de una novela torcida y funcional a un modelo en vías de asentamiento; a una idea de ciudad que intenta materializar en versión provincia la utopía del desarraigo soñada por los economistas liberales clásicos. Esa utopía que, como describía Karl Polanyi desde la La gran transformaciónes apenas un mito, que parte de la falsa premisa de que sociedad y economía pueden ser dos cosas distintas; para que la primera pueda y deba subordinarse a la segunda. Y para cada una, sociedad y economía, un tipo de persona distinta, propone nuestro Frankenstein, que se hizo un aliado, construyendo a un otro, al que repudia, pero usa y explota.

Éxito del proyecto científico para el doctor desvergonzado: cuando el actual alcalde y la alcaldesa que lo antecedió se hacen propaganda a sí mismos como administradores de pobrezas. Éste, ahora, un gobernante hecho a la talla del aparataje institucional que heredó del anterior gobierno, tan  exitoso en retórica y aritmética. Aparataje gracias al cual unos piensan por lo alto la riqueza y la reproducen para pocos, mientras otros desde la Administración recogen por lo bajo lo que el molino de este modelo de ciudad machuca y tritura de la mayoría; lo recogen y lo reciclan. Casas en el culo hervido, inundable, triste y polvoriento de la ciudad al que llaman “Triángulo de Desarrollo Social“, para aquellos a los que el modelo urbano ha expulsado de los alrededores del centro y las zonas de mayor favorabilidad geográfica. “Emprendimientos” de olla y sancocho para los que la dinámica económica ha mandado a jugar en la economía de los pobres. Compensaciones calculadas con miras a la supervivencia para los que le habían encontrado tácticas “poco estéticas” a la explotación del Centro o de las dinámicas comerciales. Sólo a estos su criatura muestra las muecas que repudia Frankenstein. Una mueca que convierte en devoción frente a los yates, los puentes y los edificios calcados del mundo que el doctor anhela.

Éxito moderado para el proyecto científico del doctor inepto: sólo la intervención de élites más cosmopolitas, del centro del sistema-mundo, puede regarle algo de su pretensión de estatus y darle el control necesario sobre su criatura. De otra manera, quizá la venganza de su engendro, de su aliado hechizo, le habría condenado, como en la versión original de Shelley. Una intervención a partir de la cual las élites del sistema nacional y mundial multiplican su inversión en Cartagena de Indias, mientras las élites provincianas, tan periféricas en relación con el universo del poder, resguardan su espacio en las páginas sociales de los periódicos y las comparsas de los clubes, citando de cuando en cuanto frases y describiendo lugares con los que se accidentan cuando salen al mundo, sin que el mundo les llegue a la cabeza. Descripciones y frases que sólo emocionan a su criatura, que esconde la mueca y aplaude cuando las escucha.

Éxito simulado para el doctor chapucero y deshumanizado: en el mundo se ha accidentado con versiones distintas de ciudad, cada una con vocación, palabra que le gusta. Cuando regresa a su periferia se le pegan imágenes de ciudades portuarias, comerciales, turísticas, universitarias, sanitarias, industriales, médicas, culturales, musicales, patrimoniales, deportivas, históricas, multiétnicas, multimodales, reticuladas, globalizadas, cosmopolitas, literarias, gastronómicas, aerotrópolis. Una legocity de periferia con la que juega a ratos, pegando brazos de una cosa, patas de otra, dientes de otra, estética de aquí, ética de allá, discurso del más allá. Su engendro más grande, malpensado y malconstruido en piedra, carne y cemento. A escala. Un guiso de brujas de cuentos antes que una planificación urbana coherente. Hediondo y maldito engendro, este sí -el urbano-, como el descrito por Shelley, pero al que su creador no pretende verle, pues la mueca urbana macabra de la ciudad es sólo contra la gente del común que está por fuera del pacto, la que ignora o repudia la relación entre creador y obra, entre élites económicas y políticas y sus creaciones. Es la gente la que las sufre y las sobrevive, si alcanza.

Éxito oxidado para la criatura: a veces entra en las páginas sociales, a veces le completan los cabellos y las extremidades, a veces le abrazan, a veces le botan o le votan, a veces le reemplazan. El tufo del pacto con su creador, y no su estética, es la causa del repudio que produce entre la gente. Engendro elitista y arribista, que persigue a quien rechaza la impostura del engendro urbano: movimientos, organizaciones, investigadores, artistas y otras corrientes de personas que condenan con dignidad tanto a la versión monumental y pétrea de la obra de Frankenstein de Indias como a su versión humana. Y que con más fuerza rechazan la desvergüenza y la perversión criminal del doctor y su engendro: patéticos ambos, ahí sí, como los personajes de Shelley.

Posteado por: santiagoburgos | 6 septiembre, 2011

Pobres y sin derecho a enamorarse

Dentro de poco las parejas cartageneras se regalarán el Centro Histórico de la misma manera en que los babosos regalan la luna: como una mofa vestida de romance que sugiere la filiación a partir de una mentira,  una promesa imposible de materializar. Así como lo hacen las instituciones con poder en la ciudad, que usan lo que sobrevive de la fijación de la gente con el esplendor del Centro Histórico para sostenerlo como telón, detrás del que se desarrolla la dinámica de segregación urbana propia de este modelo de desarrollo. La promesa les sirve para defender la museificación de esta parte de la ciudad, y con ello, la consolidación física de un relato sin gente, sin la gente de aquí.

Se relata y materializa una ciudad monumentalizada. Una ciudad museo como las que, explica Carlos Mario Yory, parten de una idea hegemónica de lo que vale la pena recordar y conservar: “Un testimonio de que vamos por buen camino”.  Así se certifica la derrota de los que no están allí inmortalizados, dice Yory. Y con ello, en nuestro caso, de los que ya no caben en su relato.

De allí salen (las sacan), en último lugar, las cocineras populares que durante décadas aglomeraron usuarios del centro alrededor de las comidas baratas en las plazoletas. Ahora que sobran en este relato, intentaron resistir (¿cuánto podían?) los embates civilizatorios que la élite les pone de tarea a los funcionarios, macarras de lo público y su espacio.

Macarras que esconden su tarea simple y plebe detrás de las interpretaciones leguleyas de los derechos a la ciudad para todos. Para aplausos, tienen artículos de prensa y editoriales eufóricos y condescendientes de periodistas  y directores de medios que leen la realidad a partir de las imágenes atadas al principio estético de la élite local. Unos y otros cuelgan la etiqueta de informalidad a todo y a todos los que les sobran, como una letra escarlata para quien adultera la institución convenida entre ellos mismos, incluyendo el espacio del Centro.

Para ese espacio se anunció y se ejecuta el proyecto de Revitalización del Centro Histórico, con el que el Gobierno Distrital remodelará plazas y parques de la ciudad (Telecom, Aduana, Olímpica y Centenario)  y construirá una más, en Puerto Duro. Este último como parte de un corredor peatonal que, según dijo la Alcaldesa Judith Pinedo en su evento de rendición de cuentas, el pasado 5 mayo, “será el nuevo sitio para que las parejas cartageneras se enamoren”.

El Centro ha sido el sitio para que los habitantes se afilien a la ciudad, a falta de representación física del Estado en los escenarios en los que se desarrolla la vida cotidiana de los habitantes. El Centro y las playas.

No hay un sistema de transporte público que conecte la ciudad y en el que la gente sienta garantía de la presencia de un Estado común. Tampoco  hay espacios urbanos públicos, como lo reconoció la Gerencia de Espacio Público en el informe de rendición de cuentas que promovió como publicación académica de diagnóstico del Espacio Público local, prueba quizá, o eso podrían decir en esa oficina, de que “la razón y el conocimiento” les asiste. No hay seguridad. Y en general no hay una mano del Estado que regule las dinámicas urbanas en beneficio –o en menos perjuicio- de los más jodidos.

Lo que hay es conflicto entre la gente de carne y hueso contra una ciudad que como institución lastima y rechaza a quien sobrevive su propia realidad, porque no tiene códigos comunes con sus habitantes. Cuya élite basa sus relaciones en el proyecto de construcción de un modelo ideal desconectado de la materialidad sobre la que pretende levantarlo (o sobreponerlo).

Así como el Centro se promueve sacudido del berenjenal que es el resto de Cartagena de Indias. Y la ciudad, en su proceso de segregación desconecta ambas cosas, poniendo barreras espaciales entre esa llamada informalidad que considera aberrante, pese a ser fruto de su propia dinámica, y el museo de “lo que vale la pena recordar”. Por eso los pobres de la ciudad van camino al oriente lejano de la ciudad, al culo, apartados de lo que vale la pena recordar. El resultado, citando a Yory, es una ciudad que explica o pretende explicar a sus habitantes pero no los implica.

No implica, por ende, a la “multitud sudorosa que se hacina en ciertas zonas como la esquina del antiguo almacén Tía”, como rotuló un editorial de El Universal” (Septiembre 3 de 2009) a los comerciantes “informales” que allí estaban. “Allí no está la identidad del Centro Histórico”, sentenciaba. La frase hizo parte de un debate en columnas de prensa con el historiador Alfonso Múnera, que un día antes le había criticado la propuesta de disminuir la afluencia de personas, sacando, por ejemplo, oficinas e instituciones educativas del Centro.

No implica a las cocineras, que al no aceptar las ofertas que el Distrito asume como negociación ven caer de noche las tablas de sus cocinas improvisadas (durante más de 20 años, algunas). Como se fueron antes los comerciantes del Muelle de los Pegasos y muchos más, a sobrevivir a otro lado.

En esta lógica estética la gente no es monumental y el Centro sí. “La ciudad es eterna y yo no”, concluye el narrador del video de la marca ciudad que la élite cosmoprovinciana local le pagó a la misma agencia que hizo la marca del Real Madrid; y a partir de la cual, según el director de la Corporación Turismo Cartagena de Indias, Luis Ernesto Araújo, la ciudad debe comenzar a reinventarse (“representarse”).

Como se reinventa ahora el Centro, revitalizado, monumentalizado, pero sin gente sudorosa, sin cocineras de acera y caldero feo, ni en la Plazoleta de la Olímpica ni en el nuevo Camellón de Puerto Duro, donde estará el lugar para que los cartageneros se enamoren. Desde lejos, como enamoran los babosos con la luna.

Posteado por: santiagoburgos | 21 junio, 2011

La ciudad y el simulacro

Esta ciudad mata y niega. Una en la realidad cotidiana y la otra en el simulacro. Una en la calle y otra en esa imagen sustantivada que han armado con los sueños, los discursos y la sabiduría mezquina de la élite local.

La simulación que explica Jean Baudrillard borra las categorías entre lo verdadero y lo falso y hace imposible la comprobación de lo que es ficción y lo que es realidad: “Se generan modelos de lo real sin origen o realidad”.

Cartagena de Indias simula todo.

Simula las posibilidades de acceso a manifestaciones culturales. De las decenas de festivales que se celebran aquí pocos tienen equivalencias en la cotidianidad de la vida urbana. Hay festival de cine una vez al año pero apenas si hay ofertas en las carteleras de los teatros locales. Hay festival de literatura pero apenas tres librerías con las que se alimenta de libros la ciudad; y no cuenta con una red de bibliotecas fuerte. Hay festival de música clásica pero no oferta a lo largo del año. Hay partidos del mundial sub-20 de fútbol pero no escenarios públicos para practicar el deporte. Hay fiestas de Independencia y más, pero poco que celebrar.

La ciudad simula también los alcances del debate local. Hay congresos de salud y medicina, pero no suficientes hospitales ni atención adecuada. Hay encuentros de derechos humanos, pero no garantías para el cumplimiento de los mismos. Hay ferias inmobiliarias por montón, pero un gigantesco déficit de vivienda para los habitantes. Hay encuentros de seguridad mientras la ciudad vive encarcelada por el miedo. Hay congresos de instituciones de crédito pero la gente vive del diario rebusque. Hay encuentros y discusiones de desarrollo incluyente pero la ciudad es cada vez es más excluyente. Hay premios por los programas de pobreza pero crece la desigualdad.

En la lógica política también hay simulación. Hay Alcaldesa (como ha habido antes alcaldes), funcionarios(as), concejales y candidatos(as), pero no hay Estado. A menos que el Estado sea la atrofia que persigue a los vendedores pobres, que pasa de largo cuando es exigido por las organizaciones sociales; y mira desde lejos la arbitrariedad del modelo urbano y lo alimenta decretando segregaciones espaciales y sociales. Hay poder determinado por formalizaciones, pero no por el ejercicio del mismo: se simula la autoridad.

En la vida académica y cultural despliegan su simulación muchos sabios de universidad, pero no circula el conocimiento. Intelectuales se alimentan de un metalenguaje que han ayudado a construir y gracias al cual la realidad simulada adquiere dignidad de sustantivo, por más lejos que esté de la realidad cotidiana. Allí los mitos sostienen la estructura de todos los  balances, liberando al modelo de desarrollo local y a sus administradores y arquitectos de cualquier culpa y crítica. Lo que sostienen es precisamente la estantería de la ciudad simulacro.

En la ciudad del simulacro de la que hablan geógrafos como Edward Soja se sustituye la realidad urbana por “mundos hiperreales”, con cultura, estilos de vida y preferencias de consumo elaboradas. El juego permite “la manipulación de la conciencia cívica” y las imágenes del espacio y de la vida urbana para mantener determinados órdenes.

En la ciudad de la vida cotidiana está el trabajo diario y sostenido de las organizaciones de mujeres, las organizaciones sociales, los movimientos sociales y culturales. Pero se encuentran también de frente con los asesinos, las amenazas, la pobreza, las magulladuras, el atropello, el abandono y demás efectos de un modelo urbano sucio con la gente. Frente a esto, en la ciudad simulada se promueven las reivindicaciones sin equivalencias en la vida cotidiana: “Racista el que no salte”, “machista el que no baile”, “pobre el que no aplauda”.

Los cursos de la ciudad que se vive y la que se imagina se desconectaron. El lenguaje de los responsables de la segunda no aplica a la realidad cotidiana; y la realidad cotidiana daña la narración de la ciudad simulada: la erudición, la magia, la marca. Por eso la  realidad se niega, contando con que un día la inercia de la negación termine por desaparecerla. Entonces todo será un simulacro. Con equipamientos sin vida urbana. Con ciudad sin ciudadanos. Con marcas sin ciudad. No será mentira, porque no habrá otra realidad para confrontarla. Todo será un simulacro.

Posteado por: santiagoburgos | 19 mayo, 2011

Euforia en la ciudad del flujo total

Imágenes y sonidos manan de la pantalla de Cartagena de Indias. Se multiplican. Corretean. Crecen. Van, vienen. Asaltan, invaden. Las imágenes desbordan la pantalla de la ciudad. No hay cómo organizarlas, cómo atarlas. En el intento de interpretar, de discutir una, las demás ahogan. Entre todas, entre tantas, arman una barrera en la superficie que interrumpe la vista hacia el fondo. Las imágenes consumen el paisaje y la visión de la ciudad. Difícil concentrarse en lo que corre debajo de tanta imagen junta.

Fredric Jameson explica que en una situación de flujo total queda obsoleto aquello que solía llamarse “distancia crítica”. En la construcción de sentidos del cine, esta “distancia crítica” representaba el momento en que el público procesaba el filme y digería, reconstruía o negociaba los significados. El video, la televisión, comenzó a funcionar con la lógica del flujo total, en la que se rasan esos espacios, esos momentos de intermediación, para en cambio exponer al público a un bombardeo constante de imágenes, incluyendo comerciales, que a tal ritmo se hacen imposibles de digerir, de interpretar.

La ciudad ha adoptado la misma lógica y le suelta a los habitantes un bombardeo de imágenes y de contenidos que es imposible poner en perspectiva. Casi limita pensar de forma crítica. Desde enero hasta diciembre las pausas de la realidad han sido reemplazadas con todo un bazar de comerciales que han convertido la realidad en un continuo de significantes, en un collage.

Los festivales de música clásica, festivales de literatura, festivales de juventud de rebeldía controlada, festivales gastronómicos, festivales de festivales, convenciones, ferias, se suman a las más antiguas pausas de manifestaciones culturales. Y todo el paquete se suma a los contenidos informativos y a los  sucesos cotidianos de la tragedia urbana, de la miseria local, de la perversión de la ciudad.

De la vergonzante escena del emisario submarino siniestrado saltamos a los conciertos de música clásica; de la caricatura de Transcaribe a las Fiestas de Independencia; de la catástrofe del invierno a la promesa festiva de una juventud beligerante; del genocidio camuflado en el sistema de salud a las canchas de un mundial de fútbol; y después al folclore de las mesas de fritos. Más muertes, más cuentos, más chistes, más desplazamientos, más puertos, más comercio, más bicentenario, más violencia de género, más discriminación, más desfile, más exclusión, más marchas, más discursos, más convenciones, más miseria, más ferias, más promesas de inclusión, más racismo, más noviembre, más puentes, más políticas, más pobreza, más cruceros, más Popa, más riqueza, más Bazurto, más poesía, más champeta, más insultos, más concreto, más turistas, más corrupción, más literatura, más universidades, más alfa, más omega, más contenido, “más Mayo”.

Y en este maremágnum no hay tiempos para consensuar significados, no hay momento para construcciones colectivas conscientes. Así que los significantes recorren el ¿imaginario? sin sus significados históricos y locales. Solo queda tiempo para la euforia, para gritar, bien sea para celebrar o para lamentar. Solo caben risa y llanto. Por debajo del collage corre mucha mierda, pero en medio de la euforia, hasta la mierda se celebra.

En este maremágnum no hay tiempo para la sospecha. Nadie sospecha, por ejemplo, de un “Mayo” fetichizado, del falso y condescendiente “patrocinio” estatal de la rebeldía, de la explosión controlada de la juventud. Nadie se pregunta por el contrasentido de un Estado que regula el conflicto, que programa las estéticas, que reglamenta las manifestaciones de protesta, que las dirige en el calendario, que las coordina. En medio de la euforia, se recibe del sistema la financiación para quejarse de su dominio.

Se grita, se llora y se celebra. Pero con tanto ruido ¿se piensa?

Posteado por: santiagoburgos | 5 febrero, 2011

La estética de lo público y el Centro

Hay algo visceral en la forma en que autoridades, algunos empresarios y casi todos los medios de comunicación se refieren a la población que trabaja en el sector informal en la ciudad, específicamente los vendedores ambulantes y estacionarios que ocupan el espacio público del Centro. La simplificación, lo primario de los enfoques y la permanente criminalización, cargan una de las características más elementales y más penosas de la ciudad: la defensa de un régimen social vertical y una lógica civilizatoria. Son características del fascismo social del que habla Boaventura de Soussa.

En Cartagena de Indias bien podemos hablar también de una suerte de fascismo estético que se impone sobre cualquier discusión con fondo de justicia social que tenga lugar en el Centro. Es la materialización de los deseos de ciudad monumental despoblada que tiene la élite, que aunque patética y precaria, impone las nociones y los usos de lo público bailando sobre sus contradicciones y sus lecciones de urbanismo para idiotas.

Por un lado, su discurso ciudadano/civilizatorio convoca al uso del espacio, del disfrute de la ciudad monumental. En la ciudad que se imagina desde el flujo total de las fiestas y las tantas celebraciones, se suelta la idea de que los espacios son de todos. Por otro lado, la ciudad física aleja cada vez más a la mayoría de la gente de la ciudad que se promueve universal. Al final las lógicas de segregación y discriminación socio espacial quedan arropadas por discursos eunucos de lo público: “mira, pero no toques”. La inercia del desarrollo, que los administradores no tocan ni alteran, pone a los pobres lejos del monumento promovido. No obstante, cuando vienen de visita, deben actuar a la altura del escenario.

La del monumento es una ciudad que se sueña sin gente, que se imagina sin habitantes, al menos, sin los habitantes de los barrios pobres/”populares”. A los administradores del monumento les choca estas personas. Por eso la dinámica urbana las empuja hasta el culo de la ciudad, para que les pese y les cueste venir al Centro, a las playas, a la ciudad que brilla. Y es que la distancia le  permite a la élite acatar la consigna democrática de lo público sin tener que cumplirla. Quizá los del otro lado serán ciudadanos por haber cumplido su papel de borrarse en nombre de la gloria y belleza  de la ciudad.

Sí, a los dueños de esta estética les molestan las ventas en la calle: es una práctica tan poco estética…

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