Posteado por: santiagoburgos | 24 septiembre, 2017

Bitácora 2. Consuelo, Delfina y esta escritura

En la biblioteca de Ezequiel hay dos libros que siento míos. Quisiera que fuesen míos. Quizá los heredaré cuando él crezca. Uno se llama Yo voy a ir al colegio, escrito por Andrée e Ivette Salom Safi. Se lo regaló mi amiga Consuelo Arnaiz Pedrosa, una de las dos personas que inspira este texto sobre mí, este texto sobre ellas -esas dos personas- pensadas y extrañadas por mí, escritas por mí.

Consuelo sabía que Ezequiel estaba a punto de ingresar a la escuela. En algunos momentos de las tardes de trabajo en el Observatorio de Derechos Sociales y Desarrollo (Odesdo), que nos reunía, me ayudaba a pensar las posibilidades: ¿énfasis en artes? ¿ciencias? ¿lenguaje? ¿grandes espacios? ¿desescolarización?  Escoger escuela es un asunto político. Es también un acto de poder que te aterra si eres consciente de que lo estás ejerciendo. La contención, la negación, el poder sobre la decisión de otrx, la de Ezequiel en este caso. Después le contaba a Shelly, la mamá de Ezequiel, que llevaba su búsqueda por su lado, lo que discutía con Consuelo, su hilo de comentarios, todos amorosos, nunca soberbios, sobre lo que estas contradicciones igual permiten negociar, sobre la educación para la libertad, sobre la articulación de los lenguajes, sobre los derechos, sobre los derechos en el centro, sobre los derechos desde dónde, desde aquí, sobre la autonomía. Eran todas las ideas de alguien que está pensando en otrx, las de una maestra de otra forma de escuela, de otra educación posible, de la vida sin jerarquías, de la vida que busca libertad. Confieso que he aprendido. Aprehendido.

Escoger escuela es un acto político. Consuelo entendía lo que eso representaba para padres y madres. Nos daba elementos para revisar la decisión que hubiese parecido simple. Pero pensaba, entendí luego, en Ezequiel, no sólo en mí. Entendía lo que eso representaba para lxs hijxs. Espero recibir el libro como herencia de Ezequiel, pero ella lo pensó para él. Pensaba en él y en su vida escolar y en la educación más allá de la forma escolar, en lo que implica la relación con el lenguaje y las formas de la educación que ella conocía de cabo a rabo. Era educadora. Consuelo conocía todas las formas, como accesorias, las conocía, porque entendía que lo fundamental estaba en el fondo, en el fin: la educación es libertad, se educa para la libertad. Es una relación contradictoria, un oxímoron que debe resolverse, un desanude perpetuo. Pero se educa para la libertad. Para preguntarse por la libertad.

Entonces le regaló el libro. Este libro “dedicado a los maestros que permiten el libre desarrollo de la personalidad”. A maestrxs como ella, que te ayudan a ir, te acompañan, sin decidir por ti para dónde has de ir. Lo leíamos todas las noches en casa, durante las primeras semanas de escuela: “Ya casi al colegio vas a ir, muchas emociones vas a sentir”. Lo leímos las primeras semanas de la escuela que escogimos, donde Ezequiel todavía es tan feliz que prefiere no “capar clase”, aunque tiene la libertad de hacerlo. Un niño de ocho años que va voluntariamente a la escuela. Lo leíamos todas las noches en voz alta, repartiéndonos fragmentos: “Te despides con cariño, pero es solo por un rato. Es sólo un rato, recuerda este dato”.

El otro libro se llama Bufeo y Pelusa, escrito e ilustrado por Ivo. Se lo regaló mi padre, Manuel Santiago, abuelo de Ezequiel, en una de nuestras vacaciones en Bogotá. Lo leímos una veintena de veces atrapados en una sala de urgencias en una clínica en Bogotá. Ya en la madrugada, después de una noche de crisis, no hacía falta leer las líneas de los tres cuentos que lo componen [el libro]. Bastaba con ver las ilustraciones para poder declamar de memoria las líneas. Desde entonces siempre he hecho la voz de Bufeo. Ezequiel es Pelusa. Desde esa crisis médica basta con ver las ilustraciones. Manuel y Francisco, cuidadores también de Ezequiel, iban y venían con lo que se requería. El cuidado de tres hombres.

Fue uno de los repetidos episodios en los que la cantidad de oxígeno que entra a sus pulmones parece menos que la vida que le cabe en la imaginación. Quizá el más grave. Seguro el más aterrador. La fiebre le hacía temblar y un dolor de abdomen, “referido” me explicaron luego, lo hacía retorcer. Es una de esas raras clínicas donde lxs médicxs hacen su trabajo. No le perdieron vista hasta saber de dónde salía el dolor y cómo se resolvía la fuente del mismo. Cuando despertaba de los sacudones del escalofrío, sonreía y agarraba el libro anunciando que lo leeríamos de nuevo. No teníamos otro a la mano. Dejé de contar en la quinceava lectura. Es el cuarto mojón de mi certeza de padre. Esto es en serio.

Cuando supe que sería padre, programé que haría parte, no accesoria, no apéndice, de su vida; que intentaría que torciéramos entre Ezequiel -entonces todavía no era Ezequiel- y yo la idea fosilizada de la paternidad. Que si los hombres hemos sido apéndice en la vida de lxs hijxs, yo me reventaría, sería ‘padritonitis’, no para llenar su vida de la excreta, sí para estar allí, inflamado, visible, presente. Para poner en práctica lo que construyamos del amor.

Que lo amaría en práctica tanto como a mí, especialmente, me amó mi abuela Delfina. Yo me alfabeticé en eso de amar con mis abuelxs Delfina y Buenaventura. Criar le llaman. Ellxs me criaron. Y veía eso del cuidado con mi abuela. Que lo cuidaría, entonces, me convencí, no en abstracto o en algunos escenarios específicos, jerarquizados y asignados para mí como hombre y padre, sino en el día a día, en el baño hasta que pudiera solo, en la cocina hasta que aprenda a cocinarse lo suyo, en el lavado hasta que pueda lavar sus propios calzones, en la calle y en la sala de urgencia. En la excreta y en el juego. En cada noche de miedo o de empute o de llanto. Y que sería también lo otro, lo que aprendí a leer en mi abuelo, la otra calidez. Y que no sería solo la suma de las dos cosas. Algo más, tan diferido como inédito. Algo más que ya iríamos inventando, pensé. Pienso.

Cuando lo conocí lo olí. Todavía cuando respiro profundo cerca de él me da la impresión de que tiene el mismo olor de cuando nos conocimos. Siempre sentí que estaba llegando tarde a su existencia, pese a que apenas había pasado unos minutos desde que dejó la placenta. Que la madre lo tenía cerca, dentro, que sabía más de él que yo. Y que él ya la sentía. Celos. Y que yo tenía que explicarle que había estado aquí afuera hablándole desde y sobre las capas de tejido de la madre, esperándolo, y que aquí afuera su madre y yo vamos a lo mismo: con él, en todo con él, en lo que no lo asfixie, con él, en lo que no lo oprimamos, con él. Y que vamos aprendiendo, con él. No tenemos manual. Aprendimos a leer de amor, alfabetización en formas de amor específicas, pero nos toca reescribirlo con él.

Cuando supe que sería padre ya estaba tratando de convertirme en un aliado del feminismo, aprendiéndolo, reaprendiendo mis relaciones, rehaciéndolas, revisándome en ellas, en otras formas de relación, en otro amor cotidiano de pareja. De Consuelo lo aprendía sin señalamientos. Era una maestra. Te acompañaba por el camino, pero no lo escogía, no lo juzgaba. Articulaba. No dejó de aprender, ella nunca se permitió dejar de aprender. Y aprendía de todxs, también. Educar para la libertad.

Cuando supe que sería padre entendí que allí estaba la lucha política más fuerte que me correspondería en lo personal. Amar es un asunto político. De la sala de partos de la clínica innombrable donde Ezequiel comenzó su vida me sacaron porque los hombres aquí no participan en el parto. De la primera noche con Ezequiel y del lado de su madre sometida a cesárea me excluyeron porque la clínica no acepta hombres en esas habitaciones durante la noche. Fue el segundo mojón de mi certeza de padre. También es mi libertad para amarlxs de distintas maneras la que está en lucha. Luego se repetía, en cada sala de espera de centro médico o aeropuerto, en cada lugar a la que un padre primerizo llega solo con el o la bebé en brazos: todxs saben lo que debe hacer, todxs tienen una opinión, todxs lo hicieron mejor [que el mundo esté vuelto mierda les debe parecer solo accidente, entonces].

Cuando lo conocí lo olí porque yo aprendí de amor también con el olfato. Mi abuela Delfina no hablaba mucho y expresaba sus sentimientos con la comida. Todo en la cocina de la casa tenía de su ánimo y emociones. El olor de media mañana revelaba. Mis cumpleaños siempre estuvieron celebrados con mote de queso, arroz, carne desmechada, tajadas de plátano maduro y huevo frito; jugo de guayaba agria. Mis guayabos siempre estuvieron maltratados con arroz con pollo sin jugo, acaso agua al clima, porque ella no alcahueteaba las borracheras. Trató de evitar cualquier comodidad con el licor. El olor y el sabor también rebelaban. Así que yo aprendí a leer de amor también con el olfato. Cuando olí a Ezequiel me di cuenta de cuánto de historia acumulada explota en cada instante, en cada decisión, en cada mirada, en cada gesto. Luego en cada ausencia, como la suya, ahora, la de Delfina después de dos años de su muerte. Mi abuela murió en julio de 2015.

Más grande, con Consuelo, también aprendí que amar es un acto político. Que el amor está también para deconstruirse. Que como capacidad puede estar vinculado a otras lógicas organizadoras y que hay que liberarlo, emanciparlo, desarmarlo, deshacerlo y recomponerlo. Que hay que indisciplinarlo. Consuelo era una maestra. Lo fue de varias generaciones de gente admirable que hace de esta ciudad una posibilidad de decencia y dignidad. Hoy, 24 de septiembre de 2017, que se cumplen dos años de su muerte, Funsarep, uno de los lugares donde más clara está su huella y memoria, ya ha llegado a los 30 años de historia trabajando todos los días por el derecho a la ciudad, por la posibilidad de imaginarla en común como un lugar donde se construye lo común. Enseñaba porque amaba, creo. Amaba, creo tener derecho a sugerir, lo que de posibilidad de justicia y dignidad tiene la ciudad y la humanidad; por tanto, la gente. Esa noción está en cada uno de sus textos, estaba en cada lección y conversación. Consuelo era una maestra incansable y como pocas personas que he conocido respondió a aquella sugerencia fundamental de Robert Bresson: “Haz que aparezca lo que sin ti quizá nunca se vería”.

Cuando fui padre entendí también que era testigo. Que debía atestiguar. Contarle a Ezequiel. Y que eso implica entender de alguna forma. Entendí mejor que mi forma de aprender y aprehender, reaprender e indisciplinar, pasaba por la escritura. Había leído del amor de manera temprana. Como en otras cosas, había leído de muchas cosas sin aprehenderlas del todo hasta poder digerirlas en textos. Escribo para entender, para reaprender, para liberarme. Un profesor querido me habló del rigor liberador de la escritura. Escribo como escuela.

Luego ahora que lo entiendo debo confesarme también que no he escrito sobre las ausencias, sobre estas ausencias que no he podido digerir, que me cuestan, que no he podido hacer de ellas una nostalgia soportable. Que me he concentrado en esos dos libros que pertenecen a Ezequiel, también, porque -fetiches-, ya escritos, me velan lo que ambos me recuerdan que ya no tengo y que no he dicho. Que Consuelo y Delfina me hacen tanta falta que me duele algo en el cuerpo: dolor referido, entiendo ahora. Que cuando lo siento me retuerzo y me paralizo. Que, además, Consuelo y Delfina murieron en momentos tan cercanos que no tuve tiempo de identificar donde comenzaba un duelo y terminaba el otro. Que me ausenté de lugares para no tener que asumirlos.  Y que no podría si no los escribo. Que por eso no he podido contestarle bien a Ezequiel cuando pregunta por Delfina. Que por eso nunca pude entregar el texto que me pidieron sobre Consuelo. Que quizá ese texto sea este. Que por eso tengo que llevar, aunque tarde, estas ausencias a mi escuela. Quizá pueda aprender a contárselas a Ezequiel [Ya casi al colegio voy a ir. Muchas emociones voy a sentir]

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Posteado por: santiagoburgos | 5 agosto, 2017

Lo popular, la ciudad y sus cuñas

Es por una sanción de clase que el alcalde Manolo Duque está despojado de la mínima dignidad en el trato que a un alcalde de más “valor esencial” y mejor apellido le respetarían en el sistema clasista y perverso de esta ciudad y país, al menos hasta demostrar su culpabilidad. Pero no es excluyente con la posibilidad -es al menos muy verosímil la acusación- de que el alcalde hoy bembeado haya negociado recursos y cargos públicos con particulares para objetivos mezquinos. Y tampoco es excluyente con la certeza y la evidencia de la chambonería, la babosería y la chapucería con que él y su equipo de planeación asumieron la responsabilidad sobre lo público y lo común, bien claro y legible en la colcha de retazos que hicieron pasar por agenda para los cuatro años, el énfasis de lo que consideraron proyectos urbanos estratégicos, la irresponsabilidad para asumir cada decisión coyuntural y el desdén para cada discusión fundamental que les ha tocado en este año y medio.

Más solidaridad ha recibido él como “tipo maltratado” ahora que va por allí ninguneado y jalonado por un agente del Cuerpo Técnico de Investigación -sea culpable o no- que la que ha mostrado como alcalde y líder de gobierno hacia quienes recogen lo peor de una ciudad malograda. Si fuese un sujeto popular complejo y criterioso, con conciencia y empatía hacia la gente que ahora se moviliza -vergonzantemente, valga decir- en su favor, hubiera hecho de su trabajo como alcalde y político una posibilidad para torcer tantito la estructura desigual de este lugar donde ha querido asumir que tenía poder porque le han dejado ejercer unas cuantas prohibiciones; si no para torcer, para cuestionar, al menos.

Hay organizaciones y sujetos populares que, con muchísimo menos recursos, llevan décadas intentando construir desde lo común, desde el barrio, desde lo popular una ciudad menos penosa. Desde lo popular, sí, porque hay otras maneras de pensar y actuar en defensa de lo que ese término representa, como potencia, como fuerza creadora, como resistencia que no está vinculada ni es interdependiente del penoso alcalde Duque y los lagartos que le hicieron alcalde, tal como no estaba vinculada al incompetente ex alcalde Terán.

Es necesario impedir también que la narrativa ligera de esta ciudad se trague o vacíe su sentido -el de lo popular- y que su ejército de salvadores incorporados eche en cara la factura de un impresentable que no representa la potencia compleja, subversiva y transformadora de lo popular local, mientras van culpando “al pueblo” -así en abstracto y como indicativo- de la forma en que las fuerzas electorales lo gestionan.

Una ciudad popular que además no entienden, que imaginan con facilismo, porque no quieren integrarla, porque se esfuerzan por no hacer parte de ella mientras la ven devorarse a sí misma; y que repelen, también, porque no les pertenece la forma de habitarla, porque no mandan sobre los compadrazgos y comadrazgos que sobreviven, como tampoco saben de sus luchas y las fricciones cotidianas de su supervivencia, de las formas de lectura que alimentan los textos y las manifestaciones que ahora no pocos y pocas escriben y ponen en textos que los incorporados se niegan a reconocer [les hacen el vacío], desde la médula de lo que en muchos barrios les vale la pena defender aquí.

Ha de subrayarse también esa diferencia para declarar que esta de ahora, como la de toda la historia de despojos de esta ciudad, no es la suerte que este universo popular se merece ni por el que le gastan cuerpo y tiempo a la ciudad. Ha de subrayarse para luego aclarar que desde partes de la ciudad popular compleja no se ha esperado ni confiado en que estos badulaques salidos de mala prensa sean la opción del cambio y la construcción de una ciudad digna.

Y aclarar que tampoco se intenta rescatar una figura de ciudad que solo existe en los pajazos mentales de ciertos grupos sociales que ganan con el orden y con el desorden. Es otra cosa. La ciudad ha de empezar a hacerse poniendo en tensión su misma idea. Porque la ciudad digna para todas y todos, “fantástica” para todas y todos, “maravillosa” para todas y todas, “mágica”, merecedora de esfuerzos para todas y todos, donde vivir una vida que valga la pena ser vivida por todas y todos, nunca ha existido. Por aquí no se ha visto o “no ha pegado”.

La nostalgia de los incorporados no soluciona la deuda histórica. Quienes creen que lo que debe rescatarse es una tradición social o política anterior o ulterior en esta estructura vigente, están apelando por lo que consideran otras formas más puras y moralmente superiores del mismo despojo.

Posteado por: santiagoburgos | 17 mayo, 2017

Morir de ciudad

Aquí todo se descompone en excepciones. La interrupción perpetua de una pretendida cálida normalidad, la áspera cotidianidad diluida en cuentos, latente en tanta muerte suelta, tanta mierda apeñuscada en los días de la vida pobre, en el cinismo central, en la ofensa que suelta sin vergüenza la institucionalidad, en cada pajazo mental sobre la ciudad heroica y fantástica de la que solo bastaría contemplar unas tantas protuberancias de piedra vieja y su brote de cemento blanco.

A excepción se reducen 21 cadáveres apanados con el concreto barato de una obra ilegal. Seis pisos de precariedades, despojos, despojadores y despojados, conectados por un desplome evitable. Tragedia reducida a cliché, crónica roja y lugar común, metáforas fáciles que velan la muerte por pobreza: “Ya pasará, todo va a estar bien, saldremos de esta, esto se compone”. De la esperanza y la política vuela el universo bacteria: “Por nuestros obreros”. Un logo y un eslogan, su cociente.

Ante toda fricción diaria, aparece el relato de la excepción, el que lo postula como bache en algún camino de perfectibilidad urbana trazada desde, sabe quién, cuál salón de juegos. Que la tragedia anunciada de la Popa, la de sus miles de habitantes, la del barrio que desapareció y los que están por venirse abajo con ¿cuántas vidas?, que la tragedia anunciada es excepcional, que cuando sus habitantes no sean pobres resolveremos; que cuando los pobres no habiten el cerro será seguro; que con más autoridad, dice el editorialista. Que ya volvemos, que después del corte comercial, que después del crucero, después del Concurso de Belleza. Que esto se compone. Que no llueva.

Y vienen las lluvias y se inundan hasta los problemas que dejó el verano. Todo lo interrumpido de nuevo interrumpido, la perpetua interrupción de la solución, la del populista, la del tecnócrata, porque hasta el tecnicismo es precario, tecnócratas sin tecnología, tecnología amarrada con cabuya, expertos de la excepción, políticos impresentables. Y la gente sufre y muere también porque viene la lluvia. Porque la erosión muerde la casa, porque se cae la cabrona piedra.

O porque un cabrón tiró una piedra, porque el atracador empujó el cuchillo, el sicario apretó el gatillo, el funcionario se robó lo común, el monumental desfalco. Todo en un continuo de “hechos aislados” ligados por la continuidad, por el ser y estar aquí, en caliente, en esta ciudad caliente. El accidental miedo cotidiano en la ininterrumpida crisis pasajera.  Aunque no llueva. En seco aplica el riesgo de la patada del vigilante del centro comercial, el cuchillo del novio, la prisa injustificada del conductor del servicio público, del chico “bien” en el carro del padre, la pistola del paramilitar en servicio, el empresario que le paga, el modelo urbano que así sobrevive, el político inepto, el Gobierno inútil, el rolo indignado, el gringo emocionado. Que ya pasó, que ya pasa, que ya Transcaribe, que ahora un túnel, que el viaducto, que los paras se desmovilizaron, que el Alcalde no sabe nada del mundo pero está bravo porque la ciudad es sede de un congreso de cine porno.

Para qué enfrentar injusticias si se puede defender la moral y señalar el pecado. Que con oración esto se compone. Y quien debe [¿Quién debe?] administrar pide que oren. Atención en el nombre de Yahvé, de Alá, de Jesús, de Pachamama, del Real Madrid o el Barcelona, de Blas de Lezo y Pedro de Heredia, del Banco de la República y del BID, de Tom Cruise y la Rosa de Guadalupe, del Rey de Rocha. Que sólo así se compone.

Luego la gente ora. Reza a cualquier pastor ‘balurdo’, acusándose a sí misma de poca cosa, señalándose mientras apunta al otro. Se delezna aplaudiendo la discriminación ajena. Porque sufre, reza, porque ha de esperar que este sufrimiento sostenido sea la excepción, que se pase, aunque no se componga esto, que se le pase: “Que se pudra todo menos yo”, “que sufran todos menos yo”, “que esta ciudad se trague a cualquiera que no sea yo”, que no todos caben a la diestra, al fondo hay espacio.

Uno a uno, dos a dos, grupo a grupo, de 21 en 21, la ciudad muele y traga, mientras algunos explotan su tragedia, el valor de cambio de su decadencia, la ganancia de esta carencia colectiva, de esta ausencia de comunidad, de este compadrazgo echado a perder, de la falta de auxilio, de convertir la tragedia sostenida en nota al pie, pese a estar en todo el texto. La imposibilidad de sospechar que puede ser de esto, de lo que esta ciudad es cada día, de lo que nos estamos muriendo.

Posteado por: santiagoburgos | 25 abril, 2017

Cartagena de Indias en el sistema mundial [libro]

En esta entrada va el libro Cartagena de Indias en el sistema Mundial y el texto con el que lo presenté en las XVI jornadas del libro caribeño, en México.

CARTAGENA DE INDIAS2***

Ciudad de México, noviembre 11 de 2016.

Hola a todos y todas. Mi infinita gratitud y admiración para las y los organizadores y todas las instituciones que hacen posible un encuentro tan grato, emocionante y abrazador como este; y a las personas que en específico hicieron posible que yo pudiera estar aquí, pese a mi capacidad para sabotearme a mí mismo con largas sesiones de duda y ausencia de ciertas expresiones oportunas. Confieso públicamente a las doctoras Margarita Vargas y Gabriela Pulido que llegó un momento en que estaba tan avergonzado por esta falta de ‘maneras académicas’, de no saber cómo responder a tan imprevista oportunidad, esta indelicadeza saboteadora, que decidí que solo en persona podía enfrentar la deuda. Es un problema de expresión que sigo cargando, casi una contradicción en mi propio lenguaje que hizo que después de haber sido invitado y dejado estar en este espacio, no supiera cómo estar desde antes de la mejor manera.

No me excuso con lo que viene, pero no quiero dejar pasar la oportunidad para explicar cómo las dificultades que se interponen en mis maneras para estas relaciones tan valiosas y necesarias, fueron parte del proceso que llevó a esta maraña de dudas y el inventario de preguntas contenidas en el libro que me han dejado presentar aquí. Habla de las condiciones en que fue escrito, que es lo único que puedo aportar de más ahora, en primera persona, previo a la lectura que hagan, si es que deciden llevarla a cabo.

Este libro es en principio una declaración de dudas y de intenciones por entender esa ciudad que se menciona en el título. A Cartagena de Indias me une una relación contradictoria. No la soporto, así declaro. Es sumamente angustiante la vida allí -¿Dónde no lo es ahora?- y moverme por sus espacios me es muy problemático. No soy un patriota, por lo que me ha costado mucho encontrar fuentes de orgullo allá. Claro, no nací en Cartagena, así que eso me lo pueden cobrar los amigos y las amigas nativas en algunos momentos. Pero lo que es para mí, lo es en mucho mayor grado para un grueso de la población cuyo derecho a la ciudad está restringido o negado. Y no obstante con esa forma y esas sensaciones que me genera habitarla, tengo la sospecha cada vez más aterradora de que me estoy quedando sin forma de vivir por fuera de su intolerable cotidianidad.

Etelvina Bernal, amiga mejicana del instituto de estudios críticos donde ahora busco combustible para más dudas, me decía que la ciudad luego también te habita. Y mi amigo Ricardo Chica está convencido de que me consumiría si me voy a otro lado; o si la ciudad me deshabitase, digamos. Así que las intenciones declaradas, el deseo de entenderla algo más, está vinculado a esa fricción, a mi relación personal e intransferible con la ciudad y mi necesidad de darle sentido a esta problemática forma de estar allí, donde ahora está también mi hijo, él sí nativo.

El escritor cartagenero Roberto Burgos Cantor (con quien me une un gran afecto) suele decir que no regresa a Cartagena de Indias, el escenario de casi todas sus obras, porque perdería la nostalgia, su combustible creador. Si yo me apropio desvergonzadamente de esa figura, tendría que decir que me tengo que quedar para no perder mi incomodidad combustible.

Quise explicármela de algunas formas distintas antes de esto, echando mano de mi oficio anterior, que es el periodismo; y luego a formas menos problemáticas de análisis, echando mano de referencias legitimadas en todos los grupos de reflexión local. De cada uno de esos intentos hay algunas declaraciones de impotencia y de fracaso. Así como este libro que presento ahora, en principio declaración de dudas y de intenciones, es -en fin- declaración de fracaso. Lo que quería responder me sigue eludiendo, por supuesto. Lo que quedó está allí como resultado de un experimento que tuvo lugar en la escritura que alcancé a ejercer hasta proponerlo en la convocatoria pública de la Universidad de Cartagena en la que fue aprobado para publicación.

Una buena parte del texto fue trasplantada desde mi tesis de maestría. De hecho, fue el mismo título, una de esas cosas que ahora no entiendo por qué quedó. Pero todo, incluso eso, está mayormente ligado al ejercicio del Observatorio de Derechos Sociales y Desarrollo (Odesdo), del que hice parte. Esta fue una iniciativa concertada entre dos organizaciones sociales. Una catalana, llamada Acción para una Ciudadanía Solidaria (Accisol); y una local, la Asociación Santa Rita para la promoción y la educación (Funsarep), que lleva cuatro décadas trabajando por el derecho a la ciudad y formas de imaginarla y transformarla desde los sectores populares de Cartagena, especialmente los que están alrededor del Cerro de la Popa, que es uno de los marcos geográficos del ordenamiento de la ciudad. Funsarep es una convergencia de cuestiones y críticas a las estructuras de relaciones de género, étnicas, espaciales, de clase (una lectura compleja de la clase) que tiene como sumo de su trabajo la voz y el ejercicio de los sujetos populares.

El Odesdo buscaba generar información estratégica para los movimientos sociales y brindar apoyo a las organizaciones sociales de Cartagena en el análisis de los componentes del desarrollo y el derecho a la ciudad. Tenía tres enfoques: género, etnia y territorio. Hablo en pasado porque desapareció como proyecto, para transformarse en el Centro Interdisciplinar de Derechos Sociales y Desarrollo (Cidesd), del que no he podido hacer parte con la misma disposición, por mi vinculación de tiempo completo ahora al programa de Comunicación Social de la seccional Caribe de la Universidad Jorge Tadeo Lozano.

El Observatorio hizo grandes esfuerzos por reventar ciertos mitos que han servido de base indiscutida para el abordaje de las desigualdades en Cartagena. El de más exitosa carrera fue el mito de la ciudad dual, del que el investigador Libardo Sarmiento escribió: “es también mentira, sirve para adornar los discursos de los políticos, burócratas y académicos; alivia la conciencia filantrópica de las élites y apacigua el espíritu popular”. Lo que cuestionaba Sarmiento no era la existencia de una ciudad con desigualdades, sino la gestión de la idea de las dos ciudades para obviar sus causalidades e interrelaciones. Como si la bonanza de unos pocos nada tuviera que ver con la tragedia cotidiana de los demás. Un mito hecho imaginación urbana, proyección, que a fuerza de empujarlo a la materialidad ha conseguido darse forma en el espacio. Cumpliéndose esta segunda década del siglo XXI, Cartagena tiene por fin un norte para ricos y el resto para el resto, detritus.

Otro mito es el de la dependencia neocolonial, que ha motivado a gran parte de la clase reflexiva local a hacer explícita la conexión de la ciudad y el mundo, principalmente a partir de la dimensión hispano- colonial de su devenir. Historia romántica de un pasado esplendoroso o explicación de las condiciones actuales, más allá de su pasado, nunca se han abordado tampoco las interrelaciones para poder entender la globalidad desde y en la ciudad y, por tanto, la posibilidad de construirla desde allí. Para la mayoría de los grupos de estudio de Cartagena, y aquí conecto con otro mito, los problemas de la ciudad están explicados por la mala aplicación de un modelo adecuado, problemas asistémicos, relacionados con la falta de pericia administrativa o los ruidos en la adaptación cultural y social de un buen modelo, que queda así purificado, porque en determinado momento postcrisis (disimulando que la crisis es perpetua) comenzará a funcionar para todos.

Y finalmente está el mito del Capital Humano, quizá el más omnívoro de la reflexión teórica. Todo apuesta a la construcción de capital humano para la competencia en respectivos mercados. Por ejemplo, la relegación laboral de los afrocolombianos en la ciudad ha sido justificada por la ausencia de capital humano; y en general los análisis de causas de la desigualdad regional que conforman la batería analítica de los grupos de reflexión desde hace dos décadas están resumidas en la sentencia del hoy codirector del Banco de la República, Adolfo Meisel: “Todo el que estudie los factores asociados al rezago económico del norte colombiano llegará a la conclusión de que la mayor debilidad de la región está en sus bajos niveles de capital humano”. Sarmiento calificó el imaginario del capital humano como un arbolito de Navidad, al que se le cuelgan todos los problemas de la ciudad.

No se trata el Odesdo, sino del libro que presento aquí, que está vinculado al Odesdo. Pero quería sugerir que una búsqueda que tiene esta base de operaciones necesitaba sacudirse de ciertas metáforas fosilizadas en las discusiones sobre Cartagena. El sentido común, el sentido que ha sido incorporado como común en los análisis repetidos en la ciudad, aquellas metáforas que nos piensan, como diría Emmanuel Lizcano, lleva una premisa que intenté controvertir: la obligatoriedad de leer la ciudad desde el mundo. Desde esa perspectiva, la lectura y las premisas de lectura están bajo la orden de una clase reflexiva específica que se legitima a partir de una cadena de atribuciones mutuas. Quizá por eso en la declaración inicial del libro vi necesario enunciar que estaba pensado y ejecutado desde lo popular de Cartagena, no como objeto de estudio, sino como lugar desde el que se estudia la ciudad y el mundo. Yo no sé si lo conseguí, pero esa fue la intención. Advierto que en ese esfuerzo por sacudirme algunas cosas, creo que muchas se me salieron de la mano y en otras me hice bola. Acaso hay cosas en ese texto con las que ya no estoy completamente de acuerdo y que ya no podría defender con el mismo ímpetu, aunque tenga que responder por todas. Sobre todo porque en algunas hay exceso que ahora podría matizar. Pero también necesitaba el ejercicio, tomar la palabra, gritar la posibilidad y el derecho a exponer la ciudad desde ese lugar desde donde está escrito y del que es al mismo tiempo inventario de la búsqueda. Cada una de sus tres partes lo es.

Una columna vertebral es lo que fui entendiendo de la geohistoria del espacio urbano, como forma espacial humana (dice Harvey) y, por tanto, como materialización de sus relaciones en lo social, económico, político y cultural (para usar los elementos de la sociedad densa de los que hablaba Fernand Braudel). En ese sentido las referencias me fueron sirviendo para frotar estos diagnósticos de Cartagena no sólo con su propia historia y la idea fija de lo que debe ser una ciudad, sino con lo que la ciudad occidental ha sido, de acuerdo con esas referencias. Esta idea de las geografías postmodernas tomada de Edward Soja ha sido hasta ahora la que -según mi experiencia en esta búsqueda- mejor contenía esa posibilidad. Después, como decía, la intención de no leerla desde afuera pudo haber fracasado. Como sea, espero que haya quedado al menos en un encuentro, no una subordinación. Para mí sería doloroso en ese sentido.

Porque yo no estoy hablando en tercera persona de lo popular. Soy un sujeto popular que vive la ciudad desde las condiciones que ello implica. Como mi amigo Ricardo, como la gente de Funsarep, como el universo de amigos y amigas que ahora también la escribe desde sus lugares, que busca explicaciones también estudiando maestrías, doctorados, haciendo tesis sobre Cartagena desde acá desde México, desde Argentina, desde Ecuador, e incluso desde los Estados Unidos pre-Trump, desde nuestros blogs de apenas decenas de lectores; y que intenta, ya no tanto sacudirse violentamente las preguntas pre-elaboradas por algunos referentes de la teoría local, sino aportar las propias desde la experiencia de habitar la ciudad y de cotejarla, frotarla, compararla, hablarla, escribirla, colisionarla con esto que estamos también buscando aquí con ustedes, desde nuestra experiencia de lo popular. Y no podemos negar que sí tenemos referentes para hacerlo, gente que mostró la posibilidad de otros caminos.

Lo que pasa es que en aquella ciudad donde lo intentamos se nos hace difícil. Y conecto aquí con las disculpas que ofrecí al principio. No estamos acostumbrados a ser tan escuchados de forma tan abrazadora. No nos invitan a presentar nuestros libros sobre Cartagena en Cartagena. Hace apenas unas semanas que el Alcalde de la ciudad declaró ante medios que los estudiantes de los colegios oficiales no deberían estudiar filosofía porque eso no les sirve para nada y que deberían concentrarse en otros saberes que les den herramientas para sobrevivir. Para hacer cosas concretas. Por lo que ha sido la administración y asignación de derechos en la ciudad, yo sospecho que se refiere a capacidades de pobres para actividad de pobres en economía de pobres. Herramientas para sobrevivir con los que les toque sin pensar en la estructura de relaciones, en el sistema dentro del que les ha correspondido o se les ha asignado tal lugar. Que no cuestiones el orden sociorracial, sexista, homofóbico y clasista de la ciudad y la dimensión espacial que ha ido tomando desde la primera mitad de este siglo, por ejemplo, cuando además, ha estado particularmente vinculada a unas intensidades de circulación de capital que se absorbe especialmente y espacialmente en el mercado inmobiliario.

Esa declaración extravagantemente honesta del alcalde tiene equivalencia en la asignación de roles para la discusión de Cartagena, de su ordenamiento, de las posibilidades de imaginarla. Unos pueden analizar los asuntos importantes, otros los secundarios. La escucha está bastante determinada por ello. Digo, no estamos acostumbrados a que nos inviten a presentar libros de este tipo. Que lo hagan acá, a unos 3.000 kilómetros de distancia, y de esta forma, todavía nos agarra desprevenidos, aunque desde hace tanto tiempo tengamos referencias de lo importante que es y ha de ser México para muchas voces que encontraron aquí escucha.  Se los agradezco profundamente.

Muchas gracias.

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Posteado por: santiagoburgos | 23 febrero, 2017

La ciudad y sus trizas

Queda la sospecha de que el hombre celebraría al ver cómo se desbarata contra el pavimento ese cuerpo y esa vida que considera prescindibles [¿Puede asumirse?]. Está contando con que la mujer salte, con que deje “de amagar” y se decida a perderse. La está esperando: “Te estamos esperando”. Está mofándose: “Por ahí es el ascensor”. La está azuzando: “Dale, dale”. Diarrea de risa. Agitador morboso. Hijo de puta.

Desde la altura donde la puso su desespero la chica está decidiendo si el mundo ya la jodió lo suficiente. Toma impulso y se detiene. No se suelta, no se lanza. Está prendida de las barandas del balcón, lo único ligeramente sólido ahora mismo en su relación con el mundo. La indecisión se nota en las contracciones de su “espalda grande”, en los movimientos de esos “hombros anchos” que el agitador de abajo considera imposibles en/para una mujer: “Eso no es mujer”, declara. “Eso no es mujer”, repite. Y si no es mujer ni hombre, no es más que potencial montón de huesos y vida prescindible, sugiere su deseo de verla untada sobre el pavimento. [¿]Ella no es nada[?].

***

El machete se siente raro en la mano. Aquí de este lado de la puerta él piensa en la mujer transexual del balcón y el grito del tipo que la espera abajo, reventada contra el pavimento. Aquí, madrugada todavía, del otro lado de la puerta hay un tipo en silencio. Pide también un salto. Está esperando, pero no habla. Está azuzando, aunque no grita. El de afuera está forzando la puerta de la casa. Recorre entradas posibles, sacude rejas.

La puerta de la casa ha sido magullada. Entra un hilo de luz por una brecha en la madera que anoche no estaba, a fuerza de madrugada y cuchillo de hampón [un cuchillo como cualquier otro en manos específicas]. ¿Qué pasa si el tipo entra? Que entra el temor y la rabia, la sensación del barrio popular se transforma, desaparece la calidez del comadrazgo/compadrazgo, se arruga la conciencia de clase, se desliza el compromiso político por debajo del terror y el azare de la pareja que ruega que un policía conteste el teléfono de emergencia.

El machete se siente tan putamente raro en la mano y quien lo sostiene se siente de repente cayendo en un depósito de inhumanidad: si el tipo entra quizá no hay opción de no perderse en la pelea animal y la hoja oxidada que machuca el cuerpo del otro, dos personas a muerte en este pantanal de asesinos y violentos en potencia que es la ciudad. La humanidad o la vida, te pide esta ciudad hecha ataque.

***

Una mujer patalea, araña, repele, golpea contra toda la porquería hecha un tipo, toda una estructura que entonces, en esa madrugada, en esa soledad, en esta soledad, ese despojo, le cae encima. La dignidad o la vida, que le pide la ciudad hecha un hombre.

Jazmín tomó un taxi para regresar a casa. Muchas horas después, su cuerpo lastimado por el odio fue encontrado debajo de láminas de zinc. Quemaduras y otras heridas de una pelea sobre/en la carne de quien no ha podido relatar su terror. Parte de su piel asada por una sartén hecha con las láminas que el matón puso para cubrir lo que creyó era ya un cadáver. El sufrimiento que le impusieron por ejercer su derecho a andar por la ciudad y la noche. No llegó a su cama. Peleó a muerte, parece. Fuerza bruta contra derecho.

***

[…]

Posteado por: santiagoburgos | 11 febrero, 2017

Bitácora 1. La razón del policía

[2011*]

El hombre policía me detiene, mientras la mujer policía espera que el operador, desde la estación, le responda por el radio si los dos jóvenes que acaban de someter al cacheo tienen antecedentes. El hombre policía pide mis papeles y exige el cacheo.

–          “¿Qué pasa?”, le pregunto.

–          “Rutina”, me dice, como si eso saneara todas las respuestas.

La playa está llena de gente. Señores, señoras, hombres, mujeres, más blancos. Quizá, y sólo quizá, los tres sometidos al cacheo somos los más jóvenes. Posiblemente, los más negros. El hombre policía quiere ver lo que llevo en el canguro (bolso).

–          “¿Qué necesitas y yo te muestro?”, le pregunto.

–          “Quiero ver el contenido”, me repite, como si eso saneara todas las respuestas.

Entre mis preguntas, sus exigencias, las respuestas o la falta de respuestas, las razones y sus razones, la conversación se vuelve pesada. El hombre policía exige ver el contenido del bolso para dejarme ir. Yo le exijo una razón para mostrarle el carné de la EPS y los 2.000 pesos para agua en bolsa que cargo, además de la cédula que tiene en mano desde el principio de la conversación.

La mujer policía, que hasta ahora parecía avergonzada por la falta de razones de su compañero saca de la manga una queja que sorprende:

–          “Ustedes los profesores de derecho creen que se la pueden montar a uno, como si uno no conociera las leyes”.

El hombre policía, que ha amenazado con llamar a la patrulla (yo pensé que él era la patrulla), se pega de inmediato del argumento de su compañera:

–          “No creas que por profesor me la vas a montar”.

Algo dije que parece de escuela de leyes. Quizá mencioné la palabra derechos. Quizá mencioné la palabra explicación. Quizá algo dije de lo que aprendí con organizaciones populares. Algo pregunté y sospecho que la pareja de policías asume que deben ser los abogados los que preguntan. Los otros dos jóvenes afrodescendientes no se han ido. Me sugieren mostrarle el contenido del bolso al policía: “Si no tienes nada, nada temes”.

En medio de la conversación el hombre policía descubre que tengo una perforación en la lengua. Se indigna, se sorprende, se sincera en el tono de recriminación. Y yo al fin entiendo sus razones. Me tomó 25 minutos entenderlo. Entiendo entonces que a lo mejor la razón de su sospecha es que soy (o parezco) joven, que llevo arete y otras perforaciones, que troto con ropa gastada y que soy de piel negra, suficientemente y sospechosamente negra.

– “Hagamos un trato. Acepta que por estas razones me detienes y yo te muestro lo que llevo en el bolso”.

El hombre policía acepta. Le muestro un carné de EPS y 2.000 pesos. Me devuelve la cédula. Me voy. Me costó 30 minutos aprender un poco más de la minucia del sistema local o de la versión local del sistema. Me pregunto qué aprendió el agente de policía.

[*Escrita en 2011. Publicada ahora, asumiendo que tiene vigencia en las prácticas de la ciudad y renovada vigencia ante el nuevo código de Policía]

Posteado por: santiagoburgos | 7 julio, 2016

La ciudad y los que están de más

El grito del anciano se quedó en un chiste de 33 segundos. Parroquial lectura de lo que le cuesta la supervivencia a la gente. Poca reacción sobre lo que se le desprendió al gritar: la comunidad, lo común, la ciudad, los derechos. Viejo necio que pelea solo contra su obsolescencia, sobra en esa vía, en ese Centro Histórico que las élites locales quieren reservar para los ricos del mundo. Para no ser excluido también de su último relato, gritó: “¡Eso está de más aquí, fuera! ¡Eso está de más aquí!”.

El grito se le devuelve en mofa y lo consume, lo descascara. Viejo desnudo de seguridad y apoyo que apenas pudo empujar media carreta sobre el andén y hacerse todo, completo él, a un lado, para que el futuro colorinche de la ciudad a la que ya no pertenece le pase por el lado. Queda una sensación de soledad y despojo salada por risas, la imagen de un despojo que grita con lo poco que no le han quitado: “¡Fuera, fuera, maricón!”.

El grito se le devuelve cotidianamente a la masa de gente que queda por fuera del molde que da forma a la Cartagena de Indias imaginada lejos de sus habitantes y defendida por los incorporados, los que caben o creen que caben porque no han tenido que hacer su carreta a un lado. La ciudad como institución va cerrando sus fronteras para mantener la carreta lejos del bus articulado y a todo el conjunto al margen de las dinámicas con las que apenas unos pocos se enriquecen. En una esquina los incorporados aplauden y se enorgullecen con la construcción de grandes fortificaciones para proteger la excedencia, archipiélago de proyectos inmobiliarios sobre los que el sistema aterriza capital para que este montón de tierra periférica cumpla con su papel de absorberlo. En la otra la institucionalidad ajusta, impone, disciplina y presiona por lograr un cuerpo social que pueda complacer o desaparecer de acuerdo con el papel residual que le han obligado asumir. Complacer sin queja, desaparecer sin gritar. Borrarse.

El cepo es el centro, el Centro es el cepo, siempre el Centro Histórico y la idea fosilizada del patrimonio y su uso innegociable, su sentido limitado y rígido, apodíctico. El motivo de premios, la tacita de plata, la gallina de los huevos de oro [para quienes acumulan el oro]. El tablero para las clases de urbanidad feudoburguesa, para el uso del semáforo, el paso de cebra, la señalética, las reglas y la forma de habitar que nunca aplicaron ni son posibles en otro lado. Allí donde se mide la posibilidad de la incorporación, piedra de toque, los dignos de ser aquí. El laboratorio para aprender cómo comportarse, cómo protestar, cómo quejarse [en voz baja y sin molestar mucho], cómo desaparecer. La excusa para ser borrado.

En la esquina de los que sobran, En esta angosta esquina de la puta tierra, un alcalde gobierna por la orilla. Poda maleza popular, combate el sancocho en la playa y a la gente popular que lo organiza y que las usa, prohíbe bailes, habla gracioso, matiza el golpe que reciben los derechos de la gente con pura gracia, usa su traje popular para poner la mano en señal de “no pasarás”, no pasarás valecita, busca tu charco babilla, gallina en patio ajeno, en jean no entras.

Archipiélago rico para ricos, archipiélago pobre para pobres. Alcalde y otros funcionarios del Estado y las instituciones son porteros, tipos parados en la puerta del bar, restaurante, hotel o gran superficie, guardias del hospital pidiendo carnés de la EPS, policías cacheando a quien ven más negro. El sujeto popular que protege la puerta contra lo popular. Gestión de empatía para la discriminación: reconoce al otro en sí y mucho de sí en el otro, ve lo común y lo colectivo, ve al jodido que carga en lo jodido que trae el otro; así que lo detiene. Gestión de empatía para la exclusión: su trabajo es saberse excluido y reconocerse en el otro para excluirlo. Así un estado paralelo, así la guerra social, así los despojos se auto-controlan, se asaltan, se roban, se temen, se matan, restos peleando el resto con el resto. Bárbaros, escribe el editorialista: plebes, sudorosos, apestados, inconscientes que ni siquiera saben protestar de buenas maneras.

Esta forma de ciudad construye y reproduce al tipo que graba con su celular desde la acera, el que fomenta la mofa contra el viejo de la carreta: “Salte de la vía”, “monta la carretilla”, “no cojas rabia, nojoda”, “corroncho”, “sólo en la fantástica”. Luego le devuelve el grito al anciano, reflectado, voz especular que ahora se grita a sí misma, que le grita a todo lo jodido y todos/as los/as que sobran: “Estás de más aquí, fuera, fuera, maricón”.

Posteado por: santiagoburgos | 31 agosto, 2015

La ciudad, el hashtag y el túnel

Le están construyendo un paisaje al puente que alguien decidió levantar en lo que era playa popular, en Marbella. Maquillan una mueca, la mofa que simula la existencia de una ciudad decente. Vale sospechar que en algún lugar del parapeto estará la sentencia con la que ahora se lavan los pecados de una ciudad que machaca a gran parte de sus habitantes: “Cartagena es lo máximo“. Pegado al puente cavaron un túnel, la solución más costosa para el problema menos serio.  En los pliegues de una cosa y la otra quedó cubierto algún enunciado más consecuente con esta úlcera pavimentada que pretenden embalsamar a fuerza de hashtag.

Puente y túnel hacen parte del fetiche que las élites locales toman por desarrollo urbano. En el anuncio del centro comercial que se construye frente al Aeropuerto hay una frase que sirve a sus plegarias: “Aquí se construye la nueva entrada para la moderna Cartagena”. Cae justo en la dimensión de orgullo patrio de la nueva campaña, patrocinada por un colectivo institucional que sobrevive de posar humanidad mientras camina entre la desposesión de la que -al tiempo- vive. Un colectivo que habla en nombre de la ciudad, y ejerciendo vocería, simula la decencia de una ciudad que no hace nada por construirla. Pajazos mentales para convencer(se) de que la perversión se comete en nombre de la víctima de la perversión. “#Tengoquejoderte”.

Como una historia de ciudad contada en primera persona por Juan Pablo Castel, el personaje de El túnel de Ernesto Sábato que de tanto amor a la versión que imaginó de María Iribarne, no pudo más que asesinar a la persona que María demostró ser -concluye Castel-, el sujeto de su odio: puta, hipócrita, mentirosa. Desde este túnel que atraviesa la ciudad vociferada como lo máximo, el objeto del amor no es más que un circuito de piedra despoblado. Una maqueta a la escala de su imaginación urbana. Los sujetos del odio son la carne y sangre entre esas piedras, gente que suda y sobrevive en medio de este dolor caliente que todo lo derrite, y araña lo que puede de los residuos que deja la fantasía. Personas reducidas cada tanto con gritos de “rateros, negros, hijos de puta“, expresión sintética de uno de esos personajes que desde el sentimiento hegemónico bien pueden arrojar para el sacrificio, aunque sea manifestación de lo que piensan desde el poder, personificada, sacudida y lanzada a la hoguera para simular una transformación: “Ella es el racismo, con su condena cambiamos”. La solución anecdótica para un problema estructural, la injusticia que pretenden explicar como una espinilla que basta espichar. El episodio de esa mujer racista, su rostro, su rabia y su énfasis, no obstante, filtra lo que está en los pliegues del puente y el túnel: esta ciudad no se construye para la gente que la vive, no la quiere, y desde aquel poder donde se administra su modelo, no la soporta.

O la soporta, pero  ajustada a la imagen que se ha hecho de lo que debería ser la gente, la que está forzada por el patriotismo de origen feudoburgués donde nacen estas campañas bajo la premisa de que la pertenencia a esta tierra justifica toda vejación, toda violencia transformadora, toda destrucción creadora que nos lleve a algo parecido a su postal: debes actuar como un negro así, como una mujer así, como un pobre así, como un popular así, como una víctima así; y quejarte así, protestar así, movilizarte así.

O la quiere, pero como un graffiti que reemplace a la gente después de borrarla del espacio, como la caricatura de un artículo determinado -lo popular, lo negro, lo pobre, lo folclórico-.  Acaso es por eso que los macarras de lo público pueden perseguir la economía popular que ejerce la gente pobre, que después de expulsada queda homenajeada con un mural. “Lo máximo”, como la marca que allí se recicla, es el sueño de una ciudad de pintados en la pared. Como el maquillaje del puente al que desemboca el túnel, donde antes estaba gente negra, pobre y popular que usaba la playa.

El hashtag hace parte de esa resolución retórica de las contradicciones locales. Sugiere que en caso de emergencias se rompa el vidrio y se agarre una frase de cajón para sobrevivir a violencias de todo tipo, los homicidios diarios, los fetos en los techos, la imposibilidad de garantizar los derechos de la mayoría, las discriminaciones, las exclusiones, el desarraigo, la pobreza y la desigualdad. Que se reconozca pero se obvie la injusticia institucionalizada y se sople el humo hacia otra dirección para no pensar en las llamas y evitar que se queme la postal.

Que así sus promotores puedan ilusionarse con un encuentro entre la ciudad que sueñan y ese ciudadano deseado -como un deseo frustrado del Castel construido por Sábato- que andan por pasadizos paralelos pero que al final han de abrazarse “delante de una escena pintada”, acaso la ciudad de la postal, “lo máximo”. Acá también un encuentro imposible porque la ciudadanía se consume con todo lo que se quema. Con cinismo, desde el túnel sale la voz que regaña, la mecánica que atropella y el modelo que acuchilla. No sólo pretende que se entienda y justifique el crimen que este modelo de ciudad representa, sino que, en una suerte de desdoblamiento, la víctima baile jubilosa alrededor de su propio cuerpo acuchillado. #Asínosepuede, #conquéánimo.

Posteado por: santiagoburgos | 25 diciembre, 2012

Es la clase, estúpido

Es en la agonía que el alcalde Campo Elías Terán por fin habla como parte de esa multitud que él mismo atina a llamar “mi pueblo” (entiéndase los jodidos de Cartagena). Choca, pero atina. Al menos en la coyuntura, justo ahora, después de posarlo y mucho después de enunciarlo.  Atina, no por decisión y convicción suya, sino por esa inercia de la historia multidimensional de desigualdades y discriminación que es esta ciudad, culo del país, que es también culo del sistema mundial, que es una historia densa de desigualdades y discriminación. Y atina porque en la agonía y en la tragedia se cruzan algunas de las múltiples estratificaciones complejas que aparecen en el panorama ampliado de las clases (cruces de etnias, géneros, capacidad de movimiento, sexualidad, dinero, capacidad de consumo, moda, escenarios, ‘pedigrí’…) en nuestro espacio y tiempo. Porque la agonía y el sufrimiento también son asuntos de clase.

La probabilidad de la muerte de Terán ha sido tratada con la misma euforia babosa con la que él mismo relató tantas veces por la radio las manifestaciones cotidianas de las inequidades estructurales de Cartagena de Indias, reproducción a escala del holocausto perpetuo que es este modelo de sociedad vigente: las muertes, los homicidios, el racismo, los desahucios, las violaciones, las persecuciones, la violencia de género, los desplazamientos, el sufrimiento masivo, el desangre colectivo. No es una paradoja aleccionadora o un lugar común del hierro que mata. Es una de tantas conexiones anecdóticas con el fascismo social (como lo define Boaventura de Sousa Santos) que la ciudad trajo empotrado y gotea por sus escalas.

El patetismo de la escena de Terán levantando los brazos mientras la vida y la cordura se le caen como los pantalones de una caricatura dolorosa dista mucho de las escenas organizadas para el enfermo Juan Manuel Santos, con su próstata de familia de poder dignificada por la compañía de su médico, serios, tan bien puestos ambos. “Como sucede en la tele”, a Terán le correspondió la versión de la señorita Laura en América. Y eso es un asunto de clase: de la estética, de la formas, del cómo se imagina, del cómo se muestra el sufrimiento, del tono de la tragedia y la comedia, de la imagen que le corresponde a cada quien en cuál situación, de cómo se objetivan para los medios.

A los pobres de Cartagena, en la vida y en sus representaciones, les correspondió la versión macondista de la agonía, el simplismo narrativo de la prensa (que conocemos como) popular, de la que Terán ha sido ejemplo activo y representativo; la bien elaborada retórica en la impecable narrativa (no por ello una lectura compleja) del cronista sin tema de domingo o la investigación repetida de uno y otro grupo: el mierdero que somos como una doxa (pensamos con esa idea pero no sobre esa idea); el mito de las dos ciudades.

El mierdero que somos también como una excusa. Sirve para justificar la desconexión entre los sectores de la ciudad y todas las desconexiones que se han forzado entre la vida cotidiana de la gente y la vida imaginada de Cartagena. Entre la política y la economía (“Es la economía, estúpido”, diría un promotor político estadounidense), y la cultura, y las jerarquías sociales, los conjuntos de la sociedad densa que mencionara Fernand Braudel. Como si la producción, las múltiples formas que adquiere en el modelo, esa precariedad que se ve todos los días en las calles de esta ciudad; las normas de la riqueza, las normas de la pobreza, la administración de una y otra, no fuesen asuntos políticos, o culturales, o de jerarquías. Un asunto de organización de la sociedad en escalas. Una ordenación de  clases.

Queda el mierdero que somos como un anhelar perpetuo. El del “ya casi”, el de “esto se compone”, con el que viene, con el gobernante preparado, con el reflexivo, con el dirigente, el hijo de la fulana y del fulano, el director o la directora de la ONG aquella. Y entonces, a través del mercado de promesas, el mierdero que somos aparece como una oportunidad de pocos para montarse a los buses de la superación, colgándose de una llanta, de una promesa de blanqueamiento, escalando, operacionalizando los conjuntos de clase: el género, la pobreza, la etnia, la diversidad, la diferencia. Gestionar las diferencias. Porque incorporarse es un asunto de clase.

En ello radica la esperanza de buena parte de la clase reflexiva cosmopolita de esta ciudad, en contacto con los cosmopolitas venidos de todas partes, del mundo anhelado. En ser incorporada a escalas inofensivas de las dinámicas de poder local, o nacional. En el más triste de los casos de asenso y de ascenso, hacer parte de la esperanza de la élite cosmoprovinciana que negocia la geografía como una finca exótica, paradisiaca y colonial, la world heritage city, anhelando copiar los escenarios del universalismo, porque en los originales no caben, allá sobran. Para ello bien se sirven de quien ostente poder sobre la precariedad, sobre esa multitud que está, usando una idea Pierre Bourdieu, sometida por la precariedad. Tan reflexiva y local una clase, tan pragmática la de los votos, tan añeja la élite, tan jodida la multitud. La esperanza es un asunto de clase.

Por ello la esperanza no opera igual en las clases donde se cruzan todos los conjuntos despojados: lo negro, lo mujer, lo feo, lo gay, lo femenino, lo pobre, lo pobrísimo, lo chueco, lo indígena, lo que en la despolitizada corriente economicista y los editoriales han llamado lo informal: la anomia estética, la anormalidad social, los que son señalados semanalmente en el editorial de El Universal. Son los que sobran, los que, en otros escenarios modernos han llamado los parias de la modernidad. La modernidad es un asunto de clase.

Y en esta modernidad nuestra sobra mucha gente. La incorporación no está exenta  de obsolescencia. Hay que estar vigente, cualesquiera sean los escenarios de la respectiva incorporación: haciendo favores al poder, gritando injusticias sin hacer operativo el reclamo, visitando los lugares de la gente inteligente por determinismo del lugar, dejándose ver (mostrarse incorporado es oficio de estar incorporado), rodeándose de los otros incorporados, aplaudiendo, gestionando diferencias a la escala correspondiente. Acaso sea ese el meollo de la condescendencia repetida por tantas voces que le pidieron al alcalde Terán regresar a la euforia babosa con la que retrataba los sectores populares (“mi pueblo”, dice él) desde la radio. Acaso sea la razón del aplauso atrasado, de la mentira extemporánea de que él es un buen e importante comunicador social.

En el mundo de los incorporados parece que ya el alcalde Terán sobra como alcalde. Por eso su sufrimiento se hace cada vez menos relevante. Y es posible que lo haya notado, porque anuncia regresar con fuerza de revancha y con inteligencia, aunque suena a desespero. Y entonces pasa a hablar como un miembro de esa multitud que atinó a llamar “mi pueblo”. No porque los represente, pues no tiene ni la complejidad ni la profundidad ni la inteligencia o la conciencia o la voluntad para ser vocero de la muldimensionalidad de clase, etnia, género, territorio, cultura, identidades, organización/desorganización de los sectores populares de Cartagena. Una complejidad que él mismo desconoció como periodista, para que pudiera ser gestionada por la vía de la caricaturización y la precarización: la construcción de una infraclase. Sino porque por la fuerza de la inercia de esta ciudad ha sido trasladado al escenario del residuo urbano y, como alcalde, sobra. Sobrar es un asunto de clase.

Posteado por: santiagoburgos | 1 septiembre, 2012

La ciudad, el diseño de sonrisa o la densidad de lo popular


Ya no llegué ahora mismo ni desconozco cómo fue. Ahora soy aquí. Visible y con voz. Capaz de desenterrar el sufrimiento y la injusticia. Con sueños para enfrentar la negación. Con experiencia para mejorar el mundo. Cuento y canto mi historia que es la tuya.

Íbamos ciegos[1]. Roberto Burgos Cantor.

En muchos ratos da la impresión de que Funsarep es mucha organización social para tan poca ciudad. La última corriente de alcaldes y alcaldesa badulaques, la reciente explosión de los intelectuales de mercado, y la movilización de perchero, han representado y construido una categoría de lo popular frente a la cual es clarificador medir la densidad de un trabajo sostenido durante cuatro décadas, dentro de las cuales, 25 años se enmarcan bajo el nombre de Asociación Santa Rita para la Educación y la Promoción  (Funsarep).

Lo popular, convertido en un tropo, sirve para alimentar cualquier discurso. Alcaldes y alcaldesas se eligen en nombre de la festivalización urbana, dentro –y sólo dentro – de la cual les es válido discutir lo que ocurre con la gente de estos sectores. La clase reflexiva local, entre cosmopolitas provincianos e intelectuales mediáticos, entiende ese territorio y esa categoría como un nicho inagotable de producción tecnopastoral, futuros puntos salariales. Los medios y los narradores asumen con su mirada macondista que allí está la materia prima para el estatus literario con el que pueden reemplazar retóricamente la crítica propia de su responsabilidad periodística.

No hay quien se olvide de lo popular, como no hay quien no hable de sus contradicciones frente a un modelo de desarrollo y un sistema al que se pretende incorporarlo, a las buenas o a las malas. Una visión de la globalidad que tendremos lo pretende borrado, “civilizado”, “modernizado”. La otra, lo pretende ajustado, amarrado a la tasación de sus prácticas culturales, en un ejercicio tan ridículo como perverso que juega con la idea de la defensa de lo inmaterial a precio de intercambiar su valor de uso por su valor de cambio.  Lo popular que seremos como parte de una imagen que se vende. Allí aparece esa clase reflexiva que Manuel Castells describe como “estructuralmente irrelevante, preparada para vender su irrelevancia o hacer que los otros paguen por ella”.

Muchos de estos grupos viven de poner en escena su nostalgia romántica por lo que fue y se ha perdido, asumiendo que antes hubo algo fundamental que defender aquí, para así no tener que asumir la complejidad de lo que ahora está en juego: la gente y su derecho a construir la ciudad que nunca ha sido.

Lo que las anuda a todas es su incapacidad para someter a cuestionamientos la categoría narrativa sobre la cual construyen sus textos y sus imágenes de lo popular, una trampa sistémica que les impide patear su propia lonchera y poner en cuestión el andamiaje que sostiene su estatus, su legitimidad para escribir y hablar tonterías. De uno y otro lado se presume que lo popular, para relacionarse con los grupos de poder, se requiere diseñado, disciplinado, estructurado de maneras coherentes para ingresar a la categoría narrativa. Éxito si tenemos una alcaldesa o un alcalde, medio afro pero con sonrisa perfecta.

Muchas veces da la impresión de que Funsarep es mucha organización para esta ciudad. Pero convencerse de eso sería también una trampa sistémica, que acepta el dualismo mitificado por la clase reflexiva local para sacudirse las culpas, tal como señaló Libardo Sarmiendo en una investigación para el Observatorio de Derechos Sociales y Desarrollo; y renunciar a la arqueología de un futuro donde participan todas las mujeres, hombres, niños, niñas, de distintas etnias unos y otros, en la construcción de nuevas y complejas maneras de imaginar y construir una ciudad con justicia social y espacial.

Esa es la apuesta de Funsarep, entre muchas otras organizaciones populares de la ciudad, clavado en la costilla de Popa, que se cae pero que resiste, al lado del mercado Santa Rita, que se cae pero que resiste, y en medio de mucha gente que reflexiona y actúa sin tasar su producción y sin mercadear con la imagen y/o el mito de lo popular.


[1] Burgos, Roberto. (2010). “Íbamos ciegos”. En: Burgos, R. (Ed.). Rutas de libertad. 500 años de travesía. Pp. 406-412. Ministerio de Cultura y Pontificia Universidad Javeriana. Reproducido con autorización del autor en la edición número 9 de Anaqueles de Ciudadanía, del Odesdo. Disponible en http://odesdo.org/servlet/page.php?id=112&m=COP&pid=bb578c6d2be7f35cf59b048621858969

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