Posteado por: santiagoburgos | 15 marzo, 2020

Tres clarinetes y las manos para el miedo de afuera

Tengo miedo. Mi amiga Joy me corrige: “No tienes miedo, hace miedo”. Hace miedo y llevo un par de décadas medianamente consciente de ello. Llevo un par de décadas manejándolo de maneras relativamente eficientes. Hoy en la tarde bogotana, en la noche de Madrid, siento el miedo que hace y en esta tarde de Colombia decido usar las manos para escribir que siento el miedo que hace.

Primero sentí emoción. Para muchas personas del lugar de donde vengo, casi siempre la emoción precede al miedo. O sólo sentimos miedo luego de la emoción. O sólo somos conscientes del miedo cuando entendemos que rodea la emoción.

En el lugar de donde vengo, que es este mismo pero extendido, la emoción siempre es el pero o la excepción. Es un punto específico en un juego de agudeza visual que aparece si uno mira fijamente, “con pasión o con enojo”. Y la belleza que siempre está allí, emergente a la mierda, sobreviviente porque se ha esforzado por ser bella la belleza en un mundo que en general no lo es. La belleza aparece allí mirando fijamente en la esquina del almacén de zapatos de la calle 29 en forma de música de clarinete.

Jorge García Usta decía que en las sabanas del Sinú estamos condenados a ver y encontrar la belleza en medio de la mierda. Para ejemplificarlo, el día que me regaló la imagen, después de una visita que hizo a la capital del Sinú, describió la figura de un clarinetista interpretando la canción Tres clarinetes en la esquina de la calle 29 con carrera cuarta: el músico ignoraba la alcantarilla rebosada y el hedor que también contaminaba el gozo de las empanadas  y los patacones del Palacio del colesterol, el colectivo de vendedoras de fritos tradicionales que funcionó en esa esquina durante décadas. Tres clarinetes es bello. Para interpretarlo, el personaje que heredé de la memoria de Jorge necesitaba las manos, los dedos y la boca.

Es de tarde en Bogotá ahora que puedo escribir, poner por escrito con mis manos, la sensación y el pensamiento de sentir el miedo. Es de noche en Madrid y los madrileños aplauden. Se aplaude con las manos. Aplauden al personal sanitario que lleva semanas reventado tratando de atender a toda persona que pueden atender por las complicaciones del bicho que tiene el mundo más complicado de lo que el mundo ya puede ser y ha sido.

En la tarde lombarda, durante la mañana bogotana, antes de que yo pudiera entender que tengo miedo, que siento el miedo que hace, los acuartelados salen a los balcones para interpretar música, un concierto colectivo que han improvisado para, en la distancia de la recomendación epidemiológica, conservar lo que se puede conservar de la forma de vida que está pausada mientras la humanidad descubre si es que ha terminado esta era o no. Interpretan música con las manos, la batería, la guitarra, el piano; cantan desde lejos. Bailan y mueven los pies, los brazos, las manos.

En la mañana bogotana, en que los italianos bailan y cantan desde los balcones, me entero que ha muerto el padre de mi amiga Patricia. Ella está en la mañana caleña despidiendo el cuerpo. Yo le escribo que la abrazo. Si el corazón del padre se hubiera detenido en Bogotá, quizá hubiera tenido también que escribirle -pienso- en esta condición de cuidado intensivo colectivo. Deseo que el corazón del padre no se hubiera detenido, que ella no tuviera que sufrir más de lo que toca sufrir y temer ahora. Pienso que la abrazo con mi cuerpo y con mis dedos y manos le escribo que la abrazo.

En la tarde bogotana en que le explico a mi hijo que estamos en aislamiento voluntario para cuidarnos y cuidar a todxs los que queremos y a toda la gente, que es que todo el mundo debe importarnos, asumo que tengo miedo. Le escribo a mi amiga Joy que está en la noche madrileña aplaudiendo mientras teme por su familia en Cartagena. “No tienes miedo, hace miedo”.

Hace miedo y frío en la tarde bogotana y en la noche madrileña. Escribo a mi amiga Claudia que está en el calor de la tarde cartagenera porque hablar con ella hace una década me ayuda a procesar el miedo que hace y que siento hace dos décadas, cuando no lo logro procesar intramuralmente, como desde hace tres semanas. No le tengo miedo al virus, aunque sí me asusta, le he dicho varias veces en estas tres semanas.

Le temo verdaderamente al sistema. También a lo que hace para manejar el virus que entró a rodar en este sistema que mata, niega y borra. Es lo que hace con todo lo que provoca muerte, todos los días, a miles y miles de personas en el culo del mundo. También en este culo del mundo desde donde escribo.

Le tengo miedo al sistema y a lo que hace con sus problemas: nunca solucionada nada, toda la mierda la traslada. Hace semanas que el mundo arriba y abajo sabe que la manera de evitar la expansión del virus es parar temporalmente, ralentizar, cortar flujo. Nunca lo hizo. La gente ahora tiene que parar, a costo propio, ralentizar a cuenta de su propia condición, cortar los flujos a costo de su necesidad social. El sistema no para. El sistema no soluciona nada. La gente paga. En el país desde el que llegaron las imágenes del concierto improvisado llegan las noticias de que algún comité propone que los enfermos por el virus que tengan más de 80 años sean dejados a la suerte, que en este caso es la muerte. A mi viejo, en esa posible Italia en un posible contagio, lo dejarían morir. En aquella posible Italia y en esta probable.

Le temo a lo que viene, algo más de lo que temo a lo que pasó y pasará. A esta manera constante de rehacerse, peor básicamente, peor siempre, de sacrificar rostros, gente y vida. Le temo al cretinismo de los tomadores de decisión. Le temo a la ignorancia que administra un sistema que no controla. Le temo a la distancia y el embargo que la acción tardía sobre la vida le ha puesto a las manos de la gente, a las manos mías con las que escribo mi temor y con la que intento contener el miedo que hace afuera.

Y temo, principalmente, por haber mirado fijamente, por haber encontrado en el centro del cuadro a aquella gente bella en medio de esta mierda. Le escribo a Joy que sospecho que estamos condenados a no ser verdaderamente conscientes de lo que pasa -en otro grado de consciencia- hasta que no vemos la belleza en la tragedia. Como si el juego de agudeza visual se diera en dos vías. Sólo puedes ver el bosque si te fijas en el árbol.

Temo y pienso que temo por el embargo de mis manos. Me descubro pasándolas por mi nariz y mis cejas, como he descubierto antes que eso me descubre en incomodidad, la que siempre cargo y sobre la que siempre escribo con mis manos, con las manos que transcriben lo que pueden de mi pensamiento y de mi experiencia, lo que puedo hacer de mi lenguaje.

Tengo que tener las manos lejos de la cara. En buena medida, lejos de todo. En alguna medida, lejos de mi hijo y mi pareja. El sistema no paró y, como siempre, todo está en manos de la ética y la solidaridad entre la gente jodida. El sistema no nos cuida, nos cuidan nuestrxs amigxs.

Tengo las manos embargadas. Por lo que siento que hace afuera le temo a mis manos incluso adentro de la casa. En el trabajo esperan que las ponga a disposición para lo serio y lo irrelevante. Esa forma de trabajo no es la vida, pero la financia. Qué vida. La que comparto con mi hijo y mi pareja, la que me enseñaron a vivir mi abuela y mi abuelo, la que me vinculó con las amigas a las que les escribo esta mañana y esta tarde de sábado bogotano, por temor, por amor, por duelo. Esa forma de trabajo sería irrelevante sin esto. Sólo sirve en la medida en que pueda tener una vida que valga la pena ser vivida, pienso, porque para eso pongo allá las manos. En la medida en que mis manos puedan aplaudir la interpretación de piano de Ezequiel. En la medida en que puedan agarrar el libro y permitirme llevar el agua de vida a la boca, abrazar a mi pareja, la familia y a las amigas, gozar la comida. Pienso en las manos que me cargaron, las que me mecieron, la de las amigas que me escriben de vuelta, desde Madrid, desde Cartagena. Estoy viendo toda la belleza en las manos.

Tengo las manos atrapadas. Tengo miedo. Siento el miedo que hace afuera y tengo las manos atrapadas dentro. Y resecas. Están resecas y embargadas. Quiero hacerlas mías de nuevo. Por eso le escribo a las amigas que también sienten el miedo que hace. Para que nos mantenga la belleza que se está defendiendo abrazada a su propia belleza. Veo la belleza, otra vez en medio de la mierda, en medio del mundo hecho y vuelto mierda, que no ha sido gran cosa y se va a acabar sin haber sido tanto. Y la tragedia de la ausencia, la que rodea la belleza de la nostalgia. Le escribo a mi amiga Patricia que la abrazo.

En el lugar de donde vengo sólo así se ve la belleza. En conjunto, en interrelación, en intersección, en diferencia con la mierda del mundo. “Para amar la vida hay que aceptar profundamente el sufrimiento”, dice el poeta español de cabecera, ahora también confinado. Ha de estar aplaudiendo también esa noche española.

Veo la belleza, que sí, que es un pero y una excepción en estos días que se veían venir y que llegaron. Que son los mismos días en distintas partes y en distintos tiempos. En algún lugar del mundo siempre ha estado siendo el fin del mundo. En estos días el sistema se devela en contradicción con la vida y la belleza. En diferencia de. No sé si lo que emerge de esto será mejor, porque la historia no da muchas esperanzas. Pero aquí estoy en casa asumiendo que sí. Que pasará por esta decisión como por la de millones de personas que han dejado durante toda la historia la vida en ello, en lo trascendental y en lo cotidiano. Que nuestras manos estarán libres para otras formas, para otras vidas que conserven esto que se cuida.

Que esa idea se teje -como tejen las manos- entre la historia y la relación de estos aplausos, de estas ausencias, de estas ansiedades, de estos conciertos improvisados, de la vida que tengo y conservo aquí dentro, de este apocalipsis episódico.

Hay otro miedo afuera y siguen los de siempre.

Estoy pensando en la imagen que me regaló Jorge García Usta.

Suena Tres clarinetes.

Posteado por: santiagoburgos | 2 enero, 2020

Un lugar de transición

En el vientre de esa hamaca recosté
mi cansancio de la vida. Acuné dolores
Me defendí de la canícula. Y soñé

[La hamaca nuestra, Raúl Gómez Jattin]

 

Estoy allí en el patio. De alguna manera, siempre estoy en ese lugar o, quizá es más cierto decir, ese lugar siempre está conmigo. El patio de mi casa es grande, es largo: de la extensión del frente de la casa, entendiendo que el frente da a la calle, la 19, y el costado da a la carrera, la séptima. En la ciudad, el número de las calles asciende hacia el norte, con el río a la izquierda, desde la vía que lleva a Guateque, muy cerca del colegio de curas y monjas al que voy todas las mañanas, hasta los predios de la Universidad de Córdoba, apenas un par de kilómetros después del barrio de los ganaderos ricos. La ciudad se extiende a lo largo del río, a su margen derecha, le dicen todavía en esta época que habito en el recuerdo. En la izquierda apenas hay fincas y algunos barrios nuevos. Estamos a siete cuadras del río, a la margen derecha del río. La ciudad es de río, es un río, en la que todo tiene que ver con el río, su geografía es río, su vida es el río, y los mangos y los guayabos a la orilla del río, y las iguanas que recorren los bloques de paja a la orilla del río. Todo tiene el nombre del río: hotel Sinú, restaurante Sinú, ferretería Sinú, teatro Sinú. Yo estoy en el patio, a siete cuadras del Sinú.

Estoy en el patio, al fondo del patio, entendiendo el fondo como la parte más alejada de la puerta de entrada desde la carrera: el fondo sería la parte de la casa más alejada del Sinú y la más cercana a la puerta que conecta el patio con el resto de la casa. Allí, entre una jardinera tan grande como para contener una palmera de un coquito extraño que nunca he querido definir, un palo de guayaba y otras matas, y la pared del costado externo -entendiendo externa la pared que la separa del patio- de la cocina, siempre está colgada la hamaca. La casa está llena de ganchos porque la hamaca es fundamental en la vida de esta casa del Sinú. En la habitación que no hay hamacas, igual están los ganchos para cuando se necesite. La hamaca es fundamental en la vida de las casas del Sinú y de sus patios.

El resto del patio es un bloque pavimentado. Del otro lado de la jardinera están los ganchos para la ropa y, eventualmente, la carne recién salada. Cuando la carne está colgada, en las vísperas de la preparación de la viuda, hasta este lado en el que cuelga la hamaca llegan zumbando las moscas verdes. Hay macetas con plantas en todos lados. Hacia la puerta del patio, hacia la carrera séptima, hay una extensión de concreto, una placa que cubre el pozo séptico, en desuso desde que comenzó a funcionar el alcantarillado público. Sobre la placa de concreto está parqueado el carro del abuelo. Cuando estamos en festividades y llegan los hijos del abuelo y años después, cuando yo crezca y tenga vehículo, caben y cabrán otros más, automóviles y motocicletas.

La carrera séptima lleva años pavimentada. La calle 19 todavía es un destapado que mezcla piedras, balastro y tierra de sabe quién cuántos años. Entre el patio y la 19, entonces, está la casa, la que lxs abuelxs fueron armando durante estos más de 40 años de vida juntos.

Cuando mi abuelo compró esta casa, esto que ahora es la casa era más cocina que otra cosa. Puede hacer el recorrido narrativo de cómo se fue armando un espacio en el que caben tres generaciones desde una cocina de leña y dos habitaciones. Todavía se le ocurre trabajo que le cabe a la casa: acaba de construir un baño, mordiéndole espacio al patio, el segundo baño de la casa, conectado a la habitación que ocupará su hija mayor ahora que ya no es pareja del padre de su nieto mayor. Acaba de acomodar la biblioteca en el ático, que hace apenas unos años había acomodado como habitación. Antes de ático y antes de habitación ese ático era un escenario para la vida de los murciélagos. Ahora, biblioteca, es un mundo extendido sobre lo que el mundo al que corre y desde el que nace este río que está a siete cuadras: enciclopedias, colecciones de la literatura universal, libros de ciencia.

Desde la hamaca se ve el ático, un apéndice de la casa, una protuberancia con techo de tejas. El único techo de tejas de toda la vivienda. Todo lo demás en el techo es zinc, hirviendo con el sol del día, refrescando con las brisas de la noche y arrullando con el sonido de la lluvia cuando le cae. Se escucha todo lo que le camina encima: los gatos, los nietos que han hecho del ático y del techo un refugio extraño de la vida plana en el suelo. Desde la hamaca se ve la cocina a través de juegos de ventanas de vidrio con grandes pestañas que se abren plenamente hacia afuera y se apanan a la pared para no interrumpir el movimiento de la hamaca.

En la cocina está mi abuela Delfina moviéndose en el mundo del lenguaje que ha construido y armando alguno de sus enunciados fundamentales: sancocho de gallina, mote de queso, sancocho de carne salada, viuda de pescado, viuda de carne, carne desmechada, posta… El sabor, la cocción, la densidad, la cantidad, el color de la carne, el dulce para aplacar el ácido en el jugo de guayaba agria, todo el conjunto nos hablará pronto sobre su ánimo y sus alegrías o sus tristezas. Lo que apenas le habrá dicho -años después entenderé que se lo decía a él con palabras- a mi abuelo en la habitación, después de las 7 de la noche, cuando se cierre la cocina y se encienda el televisor del cuarto de los dos, para ver la novela mexicana del horario principal del Canal de las Estrellas. Ella verá la novela, mi abuelo la dormirá y los demás la escucharemos como radionovela, nos aprenderemos la cortinilla, la ranchera, la canción de Vicente Fernández, la de Juan Gabriel, y la relacionaremos siempre con la imagen de la puerta, rodeada por la luz blancuzca e intermitente, el marco que le daba la luz de la pantalla del televisor.

En el patio está mi abuelo. Se mece en la hamaca con una comodidad que no he podido imitar, que no podré. Uno de mis grandes fracasos será no haber conseguido elegancia en la hamaca. Esta, sobre la que mi abuelo espera el almuerzo, cuelga de los ganchos de siempre en el patio: uno entre la última pestaña de la ventana de la cocina y la entrada a la casa, la que lleva al pasillo lateral, un portón metálico con barrotes por los que -cuando se cierra y se ponen los candados a las 7 de la noche- cabe toda la vida nocturna, menos la de una persona. Si en la noche alguien va a necesitar agua o abrir la nevera o usar el baño de siempre, llevará herramientas para espantar gatos, matar cucarachas, espantar salamanquejas; el otro gancho va en la pared que separa el patio de la casa vecina, la que sigue en orden desde el río, hacia la carrera 7A [séptima A], la casa de Carmen Arroyo y sus hijos. Entre esa pared y la pared de la otra casa hay un vacío, un callejón, una madriguera de animales con los que soñaré -y no serán pesadillas, específicamente- en noches de ansiedad. Sapos gigantes, cucarachas, babosas, lagartos, un ecosistema particular que creció en un espacio de nadie, que se conecta y alimenta con el lote vacío al costado norte de la casa y patio y que luego pega con la casa de palma y bareque de Pedro –“Peyo”-  Martínez, el barbero. Con su casa y con su lugar de trabajo. Años después va a estar la casa con la tienda de la aliada a la que estaremos pagando deudas monetarias durante años, sin poderle devolver el apoyo en el afecto.

En el patio está mi abuelo. Sospecho que es sábado porque a esta hora de un día hábil deberíamos venir de regreso de la escuela de curas y monjas, del Seminario Juan XXIII, del proyecto que lidera su cura amigo y humanista que morirá prematuramente. Si fuese jueves, o miércoles, o martes, a esta hora del día estaríamos pasando por el Mercadito del Sur. Mi abuelo vendría hablando del mundo conmigo, nieto infante, preguntando por los cursos del día, contando cosas del camino. Frenaría el Jeep Willys modelo 50 en el semáforo de los cuatro caminos, donde la Avenida Circunvalar se cruza con la carrera novena. La novena, o lo que aquí es carrera novena, viene desde la trocha que lleva a Guateque, donde comienza la ciudad. Es la vía pavimentada que pasa por el frente del seminario, de Villa Margarita, de Mogambo, de la vía a Panzenú, del P5, de Comfacor y del Mercadito ese “del sur” frente al que estaríamos parqueados a esta hora, si no fuese sábado o domingo o festivo.

El jeep que está parqueado en el patio estaría a esta hora a punto de girar a la izquierda, al occidente, hacia el río por la Avenida Circunvalar. Mi abuelo llevaría el codo izquierdo afuera después de haber recogido el brazo con el que avisó, suerte de direccional, del giro. La circunvalar es una vía pavimentada pero cubierta de unas pequeñas cordilleras de polvillo en los costados que los peatones usan para reemplazar el andén que no ha sido construido. Es una vía combada que desemboca en una glorieta frente al puente metálico que conecta con “el otro lado del río”. El puente Gustavo Rojas Pinilla será el único puente en toda la ciudad hasta que termine este siglo. La otra manera de atravesar el río es en los planchones a lo largo de la Avenida Primera, que es primera justo por estar al lado del río.

Antes de llegar a la glorieta está Acapulco, restaurante de arepas y chuzos de carne que un paisa levantó aquí hace tiempo con buena parte de su familia para marcar el acceso al barrio por la carrera séptima. Si no fuese fin de semana recorreríamos las tres cuadras desde Acapulco y la circunvalar hasta la 19. Mi abuelo levantaría el brazo para saludar a los conocidos, a la gente en la esquina de los Caraballo -la esquina de la casa de la familia Caraballo-, a Humberto Lugo a media cuadra de llegar a la 19, a los vecinos que estuvieran en la esquina de la casa de Ana Fabiana sentados en las piedras grandísimas que durante más de una década se han usado de sillas. Si fuese viernes, por ejemplo.

Como es sábado o domingo, quizá sábado, mi abuelo Buenaventura está en la hamaca esperando el almuerzo. Llegó hace un rato de la heladería a la que se dedicó después de jubilarse de la Electrificadora de Córdoba, después de haber trabajado en la empresa de servicios públicos, después de haber ingresado al servicio público de la Alcaldía de esta ciudad -cuando todavía era parte del Bolívar Grande-, después de haber regresado del Alto Sinú para salvarse de una crisis de Paludismo. La heladería está en la calle 31 entre carreras segunda y tercera. Para llegar a casa tomó la carrera segunda hacia el sur hasta la calle 20, por la que giró al oriente después de pasar por debajo de la parte sobre tierra del puente metálico colgante Gustavo Rojas Pinilla. Atravesó la glorieta alrededor de la que se parquean los vehículos que van a Pueblo Bujo, aquellas tierras donde el hermano mayor se quedó viviendo y a las que viajamos con frecuencia en este jeep parqueado ahora en el patio: el recorrido en invierno es una trocha arcillosa y resbalosa.

Entró al barrio por la 19, por la vía destapada rodeada de pajonales, antes de encontrarse con las primeras casas del barrio hasta la esquina de la casa. Bajó del carro, dejándolo encendido mientras abrió la puerta del patio/garaje. Recorrió toda la casa desde el patio hasta la habitación, la más nueva de la casa justo en el pliegue interno de la esquina de la 19 con séptima. Al lado del escaparate, al lado del gancho de la hamaca del cuarto, hay un colgadero en el que dejó el carriel y la camisa. Del otro lado del escaparate hay una escopeta de dos cañones en desuso, de sus tiempos de cazador.

En la hamaca estoy también yo. Ya más grande comenzaré a sentarme en el borde de la jardinera y desde allí hablaré con mi abuelo en tardes que me salvarán en la adultez de la precariedad del mundo. Todavía a esta edad mi abuelo me mece, acostado o sentado en el borde, una especie de cuna que le sale natural, bordeando a los nietos – luego serán los bisnietos- con el brazo, la costilla y la parte externa del muslo izquierdo. Su posición en la hamaca ha sido siempre la misma y lo será. Está cruzado. Y tiene las piernas abiertas y explayadas. El ángulo que forma con la pierna izquierda está pleno sobre la hamaca. El de la derecha queda en buena parte por fuera, usando de base sus pies juntos y descalzos. Los zapatos de tela están bajo la hamaca, ordenados de manera que al bajarse sus pies los encuentren sin esfuerzo y sin mirar. Los pies de mi abuelo son hermosos, tienen formas similares a los trazos de las caras de los personajes de uno de lo programas de animación japonesa que comenzamos a ver en la tele. Son hermosos, como los pies de su hija mayor. Las uñas son delicadas. No tiene callos. Siempre serán hermosos. Mis pies no son bonitos. No lo serán nunca. Mis uñas tienen y siempre tendrán un golpe, una rotura, un quiebre.

Cuando mi abuelo compró esta casa, esto que ahora es la casa era más cocina que otra cosa. Cocina y una habitación para la pareja de recién casados que formó con mi abuela y otra para la mamá. Con los años y con los hijos, cada uno de los cuatro, fueron ampliando el número de habitaciones. Lo que fue más cocina que casa es ahora, que hablo aquí con mi abuelo, una vivienda de seis habitaciones, una sala, un comedor que no se usa porque en la cocina grande está la mesa que lo inutiliza, dos pasillos que conectan cocina, baño, sala y una de las habitaciones, una terraza y un patio del tamaño de la casa. Mi habitación es una de las dos resultantes del espacio de la tienda que hasta hace varios tuvo mi abuela. Es una habitación caliente como ninguna en una ciudad caliente como ninguna. Caliente y contigua a la habitación que mis abuelxs construyeron para ellxs. Allí metieron la cama, una cómoda con espejo sobre la que siempre hay dos recipientes con el talco blanco y otro amarillo que luego los farmaceutas dejarán de producir por la demostrada incidencia en la aparición de cáncer. Cómoda, cama y varios muebles más sobrevivirán hasta la pequeña fiesta de los 50 años de casados. Un par de mesas sobrevivirán por muchos años. Sólo la vitrina del comedor y una mesa de noche de noche quedarán de memoria en una casa nueva, en una ciudad nueva, en el barrio nuevo, incluso después de la muerte de la abuela y la década faltante para el siglo del abuelo.

Estoy en la hamaca, sentado, que ya no quepo acostado, en el espacio de la hamaca reservado para los nietos. En ese mecerse, cuando la hamaca tiende hacia la pared de la cocina, puedo apoyar allí los pies. Mi abuelo la empuja con la mano apoyada en esa misma pared. Su brazo y mis piernas son de extensión similar. Descamisado como está siempre a esta hora, bajo esta sombra del patio pero con el calor del mediodía en el Sinú, y entre los pelos, todavía le puedo ver la verruga que tiene en el pecho. Recuerdo haber intentado espicharla varias veces, antes de aprender de él qué son las verrugas. Aprendí también cosas de español, de ciencias, de la religión de la que ya sospechaba pero no entendía. De la Biblia y El Quijote que se llevó para leer repetidamente a la finca que fue a administrar al Alto Sinú, un año antes de que casi lo matara el paludismo.

Estamos en la hamaca, en el patio. Todavía no lo sé ni lo racionalizo, pero este lugar será mi espacio de transición. No tendré nunca un objeto de transición. Sí un lugar, un espacio, luego un recuerdo de lugar, una sensación de compañía en un lugar, de sosiego. Por el lugar corren los perros que lo habitaron en un tiempo ampliado, los olores que salían de la cocina y los sabores que anunciaban, el sol chocando con el guayabo y los guayabos, el coquito sin nombre. Llegarán con los años y las distancias los sabores por descubrir, los libros por leer, los que descubriré en el ático transformado en biblioteca.

Hay tiempos mezclados en el lugar. Hay gente de muchos tiempos, afectos, personas que no lo conocieron que lo recorren en mi relación con ellas. Mis amigas no lo saben, pero este patio que me habita es el que su afecto llena, al que drenan las risas, las tragedias, los miedos y las desesperanzas que compartimos. Mis amigos del barrio no lo saben, pero recorrerán mi vida en este lugar que habito en todos los lugares donde he podido estar. Entrarán allí sin tener que pedir permiso como entran a esta casa por el patio que nunca ha tenido candados.

Allí irán mis ausencias. La tía, hija mayor del abuelo, Ana Gloria, que morirá prematuramente de cáncer. La abuela Delfina, que sobrevivirá al talco amarillo cancerígeno y morirá anciana en el peor sistema de salud imaginable. El mago Roberto y la declaración juramentada en letras de que “el que niega el patio niega a la mamá”. Allí habitarán los textos que me habitarán y las ciudades: será la imagen al lado de la alucinación del zócalo mexicano, allí reventarán olas del mar Caribe de la ciudad cangrejo, colindará con el desierto majestuoso del pueblo wayuu y desde allí se verán los cerros que bordean la capital gris. Porque el Sinú conecta todo o tendrá que hacerlo por mí. Porque el patio es mi espacio de transición. Porque si este lugar no va conmigo no sé qué será de mí.

Las amigas que me salvarán leyendo las letras que pueda escribir en los espacios que no existen aquí y ahora que mi abuelo me mece en esta hamaca, vendrán aquí, décadas después, cuando esta niñez sea memoria, a este lugar de transición, a comer mote de queso y beber jugo de guayaba agria. Vendrán a beber el whisky que exorciza los demonios del mundo y conocerán a mi primo Julio. Sudarán en este calor del Sinú, caminarán la orilla de este río, se echarán el agua de estos tanques de arcilla en el patio.

Vendrá mi pareja. Nacerá mi hijo, gateará el patio, caminará entre las macetas, se esconderá detrás de la palmera, jugará con los coquitos, perseguirá a los perros, se asqueará con las cucarachas, alucinará con las babosas, echará arroz y otras cosas para que bajen los pájaros al patio. Se mecerá en la hamaca, dormirá aquí al costado de mi abuelo y en mi pecho. Comerá mote y beberá jugo de guayaba agria.

Sabrá bien todo aquel que llegue a sentir hospitalidad en mi vida que este lugar es todo “lo que no es infierno en este infierno”. Que lo “expandí y lo hice durar lo más que pude”. Que desde aquí veremos, guardando la belleza en la memoria y en la experiencia de nuestro tiempo juntos, el último incendio de esta bola de moco que es el mundo.

Yo siempre estoy en este patio, meciéndome en esta hamaca. Por eso, quizá, es que todavía estoy.

Posteado por: santiagoburgos | 7 septiembre, 2018

Bitácora 3. ¿Yo te tengo?

No puede uno estar seguro de que la imagen corresponde a la información. Que la publicó Univisión, dicen en redes, y corre a revisar que tal cosa sea cierta, para que la veracidad hurgue en la herida que deja la imagen, para que la certeza la sale y el mundo sea, como cada vez, menos viable. Eventualmente, cierto o no, duele, porque es verosímil, como toda posibilidad de sufrimiento en este mundo nuestro, que se acaba sin terminar de empezar, que se agota un poco con cada anuncio de reinicio y recomposición.

El hombre abraza a la niña, fuerte, fuerte del desespero, del amor y el desespero, la pega al pecho, envuelta en una manta rosada, capullo frágil del que apenas se escapan, que se vea, un pie forrado por la media y unas zapatillas. Y el cabello. Hace frío. Hace un frío que se siente al ver la imagen, se ve en la posición del perro que lxs acompaña y en la tensión de los músculos del padre, la posición de los pies que giran uno hacia el otro. Es el padre o debería serlo, dice la fuerza de la imagen. El padre que parece ser está sentado sobre un bolardo. Sobre sus piernas descansa todo el cuerpo dormido de la niña a la que él le improvisa una carpa con el resto del cuerpo, encorvado sobre ella. Los pies se giran uno hacia el otro. Hace frío y hace soledad y despojo. El tipo planta el rostro en el pecho de la niña, entre el pecho y el hombro donde los padres sentimos que se guarda el olor desde recién nacidos. Donde uno busca la nostalgia que despierta el olfato.

Hace soledad y despojo, se ve en la imagen. Están lxs dxs -quizá la madre fuera de foco- contra el mundo y van perdiendo. Quiere sentir uno, de padre, que ese padre va a estar siempre, y que lo ha estado. Que desafía la figura histórica de aquel que acompañó por decisión desde la lejura y que ese abrazo se ha repetido en mucha alegría y mucha pena. Sueña uno, en medio de los ires y venires que permite la relación con la tragedia ajena, lo que no se permite o puede en la propia, que ese señor, ese hombre ha estado siempre, como la madre, como hombre que ha amado emancipado de figuras rígidas a la niña que sostiene ahora y cómo está ahora, en ese irse de dónde son, en ese alejarse todxs juntos que lo puso de padre sin respuestas en ese mojón de concreto. Que el le tiene como la ha tenido. Que la tiene, como la sostiene en cuanto ha sido su respaldo, que le dice allí en medio de ese frío y esa desolación, yo te tengo, yo te apoyo, yo te cuido, de este todo que nos cae encima, de esto que cae en mi espalda. Tú, duerme. Él no sabe qué será mañana, pero tú duerme, le dice.

El padre abraza a la niña para que no la abrase el frío. Para que no lo haga el mundo al que toda desposesión posible, éxodo forzado, lxs mandó. Yo te tengo. Ya no tenemos nada pero te tengo. No sé si todo va a estar bien, pero te tengo. Y ese ‘pero’ se invierte, sospecha uno, cuando la niña duerme, porque te tengo pero ya no tenemos nada, que te tengo pero no sé si todo va a estar bien. Sólo sé que no lo está.

El padre abraza a la niña y la imagen se hace viral. Llega a quienes piensan en su red de afectos, en su red de amigxs, de la gente que ayudó en esta paternidad siempre en crisis, siempre en duda, siempre en contradicción, con las vigencias, con los roles, con el mundo. El cómo te cuido si te tengo pero nada más tengo, el cómo te protejo sin despojarte de ti mismx, el como te dejó estar sin que el mundo te aplaste. El cómo.

El padre tiene a la niña. La imagen es cierta. La tiene, la sostiene, “un hombre abraza a su hija con una manta. En la frontera de Rumichaca, las temperaturas en la noche pueden llegar a los 5 grados centígrados”, confirma uno en Univisión. El tipo entonces no tiene nada, sólo tiene a la niña y la abraza contra el despojo. La sostiene. Puta vida esta.

Posteado por: santiagoburgos | 24 septiembre, 2017

Bitácora 2. Consuelo, Delfina y esta escritura

En la biblioteca de Ezequiel hay dos libros que siento míos. Quisiera que fuesen míos. Quizá los heredaré cuando él crezca. Uno se llama Yo voy a ir al colegio, escrito por Andrée e Ivette Salom Safi. Se lo regaló mi amiga Consuelo Arnaiz Pedrosa, una de las dos personas que inspira este texto sobre mí, este texto sobre ellas -esas dos personas- pensadas y extrañadas por mí, escritas por mí.

Consuelo sabía que Ezequiel estaba a punto de ingresar a la escuela. En algunos momentos de las tardes de trabajo en el Observatorio de Derechos Sociales y Desarrollo (Odesdo), que nos reunía, me ayudaba a pensar las posibilidades: ¿énfasis en artes? ¿ciencias? ¿lenguaje? ¿grandes espacios? ¿desescolarización?  Escoger escuela es un asunto político. Es también un acto de poder que te aterra si eres consciente de que lo estás ejerciendo. La contención, la negación, el poder sobre la decisión de otrx, la de Ezequiel en este caso. Después le contaba a Shelly, la mamá de Ezequiel, que llevaba su búsqueda por su lado, lo que discutía con Consuelo, su hilo de comentarios, todos amorosos, nunca soberbios, sobre lo que estas contradicciones igual permiten negociar, sobre la educación para la libertad, sobre la articulación de los lenguajes, sobre los derechos, sobre los derechos en el centro, sobre los derechos desde dónde, desde aquí, sobre la autonomía. Eran todas las ideas de alguien que está pensando en otrx, las de una maestra de otra forma de escuela, de otra educación posible, de la vida sin jerarquías, de la vida que busca libertad. Confieso que he aprendido. Aprehendido.

Escoger escuela es un acto político. Consuelo entendía lo que eso representaba para padres y madres. Nos daba elementos para revisar la decisión que hubiese parecido simple. Pero pensaba, entendí luego, en Ezequiel, no sólo en mí. Entendía lo que eso representaba para lxs hijxs. Espero recibir el libro como herencia de Ezequiel, pero ella lo pensó para él. Pensaba en él y en su vida escolar y en la educación más allá de la forma escolar, en lo que implica la relación con el lenguaje y las formas de la educación que ella conocía de cabo a rabo. Era educadora. Consuelo conocía todas las formas, como accesorias, las conocía, porque entendía que lo fundamental estaba en el fondo, en el fin: la educación es libertad, se educa para la libertad. Es una relación contradictoria, un oxímoron que debe resolverse, un desanude perpetuo. Pero se educa para la libertad. Para preguntarse por la libertad.

Entonces le regaló el libro. Este libro “dedicado a los maestros que permiten el libre desarrollo de la personalidad”. A maestrxs como ella, que te ayudan a ir, te acompañan, sin decidir por ti para dónde has de ir. Lo leíamos todas las noches en casa, durante las primeras semanas de escuela: “Ya casi al colegio vas a ir, muchas emociones vas a sentir”. Lo leímos las primeras semanas de la escuela que escogimos, donde Ezequiel todavía es tan feliz que prefiere no “capar clase”, aunque tiene la libertad de hacerlo. Un niño de ocho años que va voluntariamente a la escuela. Lo leíamos todas las noches en voz alta, repartiéndonos fragmentos: “Te despides con cariño, pero es solo por un rato. Es sólo un rato, recuerda este dato”.

El otro libro se llama Bufeo y Pelusa, escrito e ilustrado por Ivo. Se lo regaló mi padre, Manuel Santiago, abuelo de Ezequiel, en una de nuestras vacaciones en Bogotá. Lo leímos una veintena de veces atrapados en una sala de urgencias en una clínica en Bogotá. Ya en la madrugada, después de una noche de crisis, no hacía falta leer las líneas de los tres cuentos que lo componen [el libro]. Bastaba con ver las ilustraciones para poder declamar de memoria las líneas. Desde entonces siempre he hecho la voz de Bufeo. Ezequiel es Pelusa. Desde esa crisis médica basta con ver las ilustraciones. Manuel y Francisco, cuidadores también de Ezequiel, iban y venían con lo que se requería. El cuidado de tres hombres.

Fue uno de los repetidos episodios en los que la cantidad de oxígeno que entra a sus pulmones parece menos que la vida que le cabe en la imaginación. Quizá el más grave. Seguro el más aterrador. La fiebre le hacía temblar y un dolor de abdomen, “referido” me explicaron luego, lo hacía retorcer. Es una de esas raras clínicas donde lxs médicxs hacen su trabajo. No le perdieron vista hasta saber de dónde salía el dolor y cómo se resolvía la fuente del mismo. Cuando despertaba de los sacudones del escalofrío, sonreía y agarraba el libro anunciando que lo leeríamos de nuevo. No teníamos otro a la mano. Dejé de contar en la quinceava lectura. Es el cuarto mojón de mi certeza de padre. Esto es en serio.

Cuando supe que sería padre, programé que haría parte, no accesoria, no apéndice, de su vida; que intentaría que torciéramos entre Ezequiel -entonces todavía no era Ezequiel- y yo la idea fosilizada de la paternidad. Que si los hombres hemos sido apéndice en la vida de lxs hijxs, yo me reventaría, sería ‘padritonitis’, no para llenar su vida de la excreta, sí para estar allí, inflamado, visible, presente. Para poner en práctica lo que construyamos del amor.

Que lo amaría en práctica tanto como a mí, especialmente, me amó mi abuela Delfina. Yo me alfabeticé en eso de amar con mis abuelxs Delfina y Buenaventura. Criar le llaman. Ellxs me criaron. Y veía eso del cuidado con mi abuela. Que lo cuidaría, entonces, me convencí, no en abstracto o en algunos escenarios específicos, jerarquizados y asignados para mí como hombre y padre, sino en el día a día, en el baño hasta que pudiera solo, en la cocina hasta que aprenda a cocinarse lo suyo, en el lavado hasta que pueda lavar sus propios calzones, en la calle y en la sala de urgencia. En la excreta y en el juego. En cada noche de miedo o de empute o de llanto. Y que sería también lo otro, lo que aprendí a leer en mi abuelo, la otra calidez. Y que no sería solo la suma de las dos cosas. Algo más, tan diferido como inédito. Algo más que ya iríamos inventando, pensé. Pienso.

Cuando lo conocí lo olí. Todavía cuando respiro profundo cerca de él me da la impresión de que tiene el mismo olor de cuando nos conocimos. Siempre sentí que estaba llegando tarde a su existencia, pese a que apenas había pasado unos minutos desde que dejó la placenta. Que la madre lo tenía cerca, dentro, que sabía más de él que yo. Y que él ya la sentía. Celos. Y que yo tenía que explicarle que había estado aquí afuera hablándole desde y sobre las capas de tejido de la madre, esperándolo, y que aquí afuera su madre y yo vamos a lo mismo: con él, en todo con él, en lo que no lo asfixie, con él, en lo que no lo oprimamos, con él. Y que vamos aprendiendo, con él. No tenemos manual. Aprendimos a leer de amor, alfabetización en formas de amor específicas, pero nos toca reescribirlo con él.

Cuando supe que sería padre ya estaba tratando de convertirme en un aliado del feminismo, aprendiéndolo, reaprendiendo mis relaciones, rehaciéndolas, revisándome en ellas, en otras formas de relación, en otro amor cotidiano de pareja. De Consuelo lo aprendía sin señalamientos. Era una maestra. Te acompañaba por el camino, pero no lo escogía, no lo juzgaba. Articulaba. No dejó de aprender, ella nunca se permitió dejar de aprender. Y aprendía de todxs, también. Educar para la libertad.

Cuando supe que sería padre entendí que allí estaba la lucha política más fuerte que me correspondería en lo personal. Amar es un asunto político. De la sala de partos de la clínica innombrable donde Ezequiel comenzó su vida me sacaron porque los hombres aquí no participan en el parto. De la primera noche con Ezequiel y del lado de su madre sometida a cesárea me excluyeron porque la clínica no acepta hombres en esas habitaciones durante la noche. Fue el segundo mojón de mi certeza de padre. También es mi libertad para amarlxs de distintas maneras la que está en lucha. Luego se repetía, en cada sala de espera de centro médico o aeropuerto, en cada lugar a la que un padre primerizo llega solo con el o la bebé en brazos: todxs saben lo que debe hacer, todxs tienen una opinión, todxs lo hicieron mejor [que el mundo esté vuelto mierda les debe parecer solo accidente, entonces].

Cuando lo conocí lo olí porque yo aprendí de amor también con el olfato. Mi abuela Delfina no hablaba mucho y expresaba sus sentimientos con la comida. Todo en la cocina de la casa tenía de su ánimo y emociones. El olor de media mañana revelaba. Mis cumpleaños siempre estuvieron celebrados con mote de queso, arroz, carne desmechada, tajadas de plátano maduro y huevo frito; jugo de guayaba agria. Mis guayabos siempre estuvieron maltratados con arroz con pollo sin jugo, acaso agua al clima, porque ella no alcahueteaba las borracheras. Trató de evitar cualquier comodidad con el licor. El olor y el sabor también rebelaban. Así que yo aprendí a leer de amor también con el olfato. Cuando olí a Ezequiel me di cuenta de cuánto de historia acumulada explota en cada instante, en cada decisión, en cada mirada, en cada gesto. Luego en cada ausencia, como la suya, ahora, la de Delfina después de dos años de su muerte. Mi abuela murió en julio de 2015.

Más grande, con Consuelo, también aprendí que amar es un acto político. Que el amor está también para deconstruirse. Que como capacidad puede estar vinculado a otras lógicas organizadoras y que hay que liberarlo, emanciparlo, desarmarlo, deshacerlo y recomponerlo. Que hay que indisciplinarlo. Consuelo era una maestra. Lo fue de varias generaciones de gente admirable que hace de esta ciudad una posibilidad de decencia y dignidad. Hoy, 24 de septiembre de 2017, que se cumplen dos años de su muerte, Funsarep, uno de los lugares donde más clara está su huella y memoria, ya ha llegado a los 30 años de historia trabajando todos los días por el derecho a la ciudad, por la posibilidad de imaginarla en común como un lugar donde se construye lo común. Enseñaba porque amaba, creo. Amaba, creo tener derecho a sugerir, lo que de posibilidad de justicia y dignidad tiene la ciudad y la humanidad; por tanto, la gente. Esa noción está en cada uno de sus textos, estaba en cada lección y conversación. Consuelo era una maestra incansable y como pocas personas que he conocido respondió a aquella sugerencia fundamental de Robert Bresson: “Haz que aparezca lo que sin ti quizá nunca se vería”.

Cuando fui padre entendí también que era testigo. Que debía atestiguar. Contarle a Ezequiel. Y que eso implica entender de alguna forma. Entendí mejor que mi forma de aprender y aprehender, reaprender e indisciplinar, pasaba por la escritura. Había leído del amor de manera temprana. Como en otras cosas, había leído de muchas cosas sin aprehenderlas del todo hasta poder digerirlas en textos. Escribo para entender, para reaprender, para liberarme. Un profesor querido me habló del rigor liberador de la escritura. Escribo como escuela.

Luego ahora que lo entiendo debo confesarme también que no he escrito sobre las ausencias, sobre estas ausencias que no he podido digerir, que me cuestan, que no he podido hacer de ellas una nostalgia soportable. Que me he concentrado en esos dos libros que pertenecen a Ezequiel, también, porque -fetiches-, ya escritos, me velan lo que ambos me recuerdan que ya no tengo y que no he dicho. Que Consuelo y Delfina me hacen tanta falta que me duele algo en el cuerpo: dolor referido, entiendo ahora. Que cuando lo siento me retuerzo y me paralizo. Que, además, Consuelo y Delfina murieron en momentos tan cercanos que no tuve tiempo de identificar donde comenzaba un duelo y terminaba el otro. Que me ausenté de lugares para no tener que asumirlos.  Y que no podría si no los escribo. Que por eso no he podido contestarle bien a Ezequiel cuando pregunta por Delfina. Que por eso nunca pude entregar el texto que me pidieron sobre Consuelo. Que quizá ese texto sea este. Que por eso tengo que llevar, aunque tarde, estas ausencias a mi escuela. Quizá pueda aprender a contárselas a Ezequiel [Ya casi al colegio voy a ir. Muchas emociones voy a sentir]

Posteado por: santiagoburgos | 5 agosto, 2017

Lo popular, la ciudad y sus cuñas

Es por una sanción de clase que el alcalde Manolo Duque está despojado de la mínima dignidad en el trato que a un alcalde de más “valor esencial” y mejor apellido le respetarían en el sistema clasista y perverso de esta ciudad y país, al menos hasta demostrar su culpabilidad. Pero no es excluyente con la posibilidad -es al menos muy verosímil la acusación- de que el alcalde hoy bembeado haya negociado recursos y cargos públicos con particulares para objetivos mezquinos. Y tampoco es excluyente con la certeza y la evidencia de la chambonería, la babosería y la chapucería con que él y su equipo de planeación asumieron la responsabilidad sobre lo público y lo común, bien claro y legible en la colcha de retazos que hicieron pasar por agenda para los cuatro años, el énfasis de lo que consideraron proyectos urbanos estratégicos, la irresponsabilidad para asumir cada decisión coyuntural y el desdén para cada discusión fundamental que les ha tocado en este año y medio.

Más solidaridad ha recibido él como “tipo maltratado” ahora que va por allí ninguneado y jalonado por un agente del Cuerpo Técnico de Investigación -sea culpable o no- que la que ha mostrado como alcalde y líder de gobierno hacia quienes recogen lo peor de una ciudad malograda. Si fuese un sujeto popular complejo y criterioso, con conciencia y empatía hacia la gente que ahora se moviliza -vergonzantemente, valga decir- en su favor, hubiera hecho de su trabajo como alcalde y político una posibilidad para torcer tantito la estructura desigual de este lugar donde ha querido asumir que tenía poder porque le han dejado ejercer unas cuantas prohibiciones; si no para torcer, para cuestionar, al menos.

Hay organizaciones y sujetos populares que, con muchísimo menos recursos, llevan décadas intentando construir desde lo común, desde el barrio, desde lo popular una ciudad menos penosa. Desde lo popular, sí, porque hay otras maneras de pensar y actuar en defensa de lo que ese término representa, como potencia, como fuerza creadora, como resistencia que no está vinculada ni es interdependiente del penoso alcalde Duque y los lagartos que le hicieron alcalde, tal como no estaba vinculada al incompetente ex alcalde Terán.

Es necesario impedir también que la narrativa ligera de esta ciudad se trague o vacíe su sentido -el de lo popular- y que su ejército de salvadores incorporados eche en cara la factura de un impresentable que no representa la potencia compleja, subversiva y transformadora de lo popular local, mientras van culpando “al pueblo” -así en abstracto y como indicativo- de la forma en que las fuerzas electorales lo gestionan.

Una ciudad popular que además no entienden, que imaginan con facilismo, porque no quieren integrarla, porque se esfuerzan por no hacer parte de ella mientras la ven devorarse a sí misma; y que repelen, también, porque no les pertenece la forma de habitarla, porque no mandan sobre los compadrazgos y comadrazgos que sobreviven, como tampoco saben de sus luchas y las fricciones cotidianas de su supervivencia, de las formas de lectura que alimentan los textos y las manifestaciones que ahora no pocos y pocas escriben y ponen en textos que los incorporados se niegan a reconocer [les hacen el vacío], desde la médula de lo que en muchos barrios les vale la pena defender aquí.

Ha de subrayarse también esa diferencia para declarar que esta de ahora, como la de toda la historia de despojos de esta ciudad, no es la suerte que este universo popular se merece ni por el que le gastan cuerpo y tiempo a la ciudad. Ha de subrayarse para luego aclarar que desde partes de la ciudad popular compleja no se ha esperado ni confiado en que estos badulaques salidos de mala prensa sean la opción del cambio y la construcción de una ciudad digna.

Y aclarar que tampoco se intenta rescatar una figura de ciudad que solo existe en los pajazos mentales de ciertos grupos sociales que ganan con el orden y con el desorden. Es otra cosa. La ciudad ha de empezar a hacerse poniendo en tensión su misma idea. Porque la ciudad digna para todas y todos, “fantástica” para todas y todos, “maravillosa” para todas y todas, “mágica”, merecedora de esfuerzos para todas y todos, donde vivir una vida que valga la pena ser vivida por todas y todos, nunca ha existido. Por aquí no se ha visto o “no ha pegado”.

La nostalgia de los incorporados no soluciona la deuda histórica. Quienes creen que lo que debe rescatarse es una tradición social o política anterior o ulterior en esta estructura vigente, están apelando por lo que consideran otras formas más puras y moralmente superiores del mismo despojo.

Posteado por: santiagoburgos | 17 mayo, 2017

Morir de ciudad

Aquí todo se descompone en excepciones. La interrupción perpetua de una pretendida cálida normalidad, la áspera cotidianidad diluida en cuentos, latente en tanta muerte suelta, tanta mierda apeñuscada en los días de la vida pobre, en el cinismo central, en la ofensa que suelta sin vergüenza la institucionalidad, en cada pajazo mental sobre la ciudad heroica y fantástica de la que solo bastaría contemplar unas tantas protuberancias de piedra vieja y su brote de cemento blanco.

A excepción se reducen 21 cadáveres apanados con el concreto barato de una obra ilegal. Seis pisos de precariedades, despojos, despojadores y despojados, conectados por un desplome evitable. Tragedia reducida a cliché, crónica roja y lugar común, metáforas fáciles que velan la muerte por pobreza: “Ya pasará, todo va a estar bien, saldremos de esta, esto se compone”. De la esperanza y la política vuela el universo bacteria: “Por nuestros obreros”. Un logo y un eslogan, su cociente.

Ante toda fricción diaria, aparece el relato de la excepción, el que lo postula como bache en algún camino de perfectibilidad urbana trazada desde, sabe quién, cuál salón de juegos. Que la tragedia anunciada de la Popa, la de sus miles de habitantes, la del barrio que desapareció y los que están por venirse abajo con ¿cuántas vidas?, que la tragedia anunciada es excepcional, que cuando sus habitantes no sean pobres resolveremos; que cuando los pobres no habiten el cerro será seguro; que con más autoridad, dice el editorialista. Que ya volvemos, que después del corte comercial, que después del crucero, después del Concurso de Belleza. Que esto se compone. Que no llueva.

Y vienen las lluvias y se inundan hasta los problemas que dejó el verano. Todo lo interrumpido de nuevo interrumpido, la perpetua interrupción de la solución, la del populista, la del tecnócrata, porque hasta el tecnicismo es precario, tecnócratas sin tecnología, tecnología amarrada con cabuya, expertos de la excepción, políticos impresentables. Y la gente sufre y muere también porque viene la lluvia. Porque la erosión muerde la casa, porque se cae la cabrona piedra.

O porque un cabrón tiró una piedra, porque el atracador empujó el cuchillo, el sicario apretó el gatillo, el funcionario se robó lo común, el monumental desfalco. Todo en un continuo de “hechos aislados” ligados por la continuidad, por el ser y estar aquí, en caliente, en esta ciudad caliente. El accidental miedo cotidiano en la ininterrumpida crisis pasajera.  Aunque no llueva. En seco aplica el riesgo de la patada del vigilante del centro comercial, el cuchillo del novio, la prisa injustificada del conductor del servicio público, del chico “bien” en el carro del padre, la pistola del paramilitar en servicio, el empresario que le paga, el modelo urbano que así sobrevive, el político inepto, el Gobierno inútil, el rolo indignado, el gringo emocionado. Que ya pasó, que ya pasa, que ya Transcaribe, que ahora un túnel, que el viaducto, que los paras se desmovilizaron, que el Alcalde no sabe nada del mundo pero está bravo porque la ciudad es sede de un congreso de cine porno.

Para qué enfrentar injusticias si se puede defender la moral y señalar el pecado. Que con oración esto se compone. Y quien debe [¿Quién debe?] administrar pide que oren. Atención en el nombre de Yahvé, de Alá, de Jesús, de Pachamama, del Real Madrid o el Barcelona, de Blas de Lezo y Pedro de Heredia, del Banco de la República y del BID, de Tom Cruise y la Rosa de Guadalupe, del Rey de Rocha. Que sólo así se compone.

Luego la gente ora. Reza a cualquier pastor ‘balurdo’, acusándose a sí misma de poca cosa, señalándose mientras apunta al otro. Se delezna aplaudiendo la discriminación ajena. Porque sufre, reza, porque ha de esperar que este sufrimiento sostenido sea la excepción, que se pase, aunque no se componga esto, que se le pase: “Que se pudra todo menos yo”, “que sufran todos menos yo”, “que esta ciudad se trague a cualquiera que no sea yo”, que no todos caben a la diestra, al fondo hay espacio.

Uno a uno, dos a dos, grupo a grupo, de 21 en 21, la ciudad muele y traga, mientras algunos explotan su tragedia, el valor de cambio de su decadencia, la ganancia de esta carencia colectiva, de esta ausencia de comunidad, de este compadrazgo echado a perder, de la falta de auxilio, de convertir la tragedia sostenida en nota al pie, pese a estar en todo el texto. La imposibilidad de sospechar que puede ser de esto, de lo que esta ciudad es cada día, de lo que nos estamos muriendo.

Posteado por: santiagoburgos | 25 abril, 2017

Cartagena de Indias en el sistema mundial [libro]

En esta entrada va el libro Cartagena de Indias en el sistema Mundial y el texto con el que lo presenté en las XVI jornadas del libro caribeño, en México.

CARTAGENA DE INDIAS2***

Ciudad de México, noviembre 11 de 2016.

Hola a todos y todas. Mi infinita gratitud y admiración para las y los organizadores y todas las instituciones que hacen posible un encuentro tan grato, emocionante y abrazador como este; y a las personas que en específico hicieron posible que yo pudiera estar aquí, pese a mi capacidad para sabotearme a mí mismo con largas sesiones de duda y ausencia de ciertas expresiones oportunas. Confieso públicamente a las doctoras Margarita Vargas y Gabriela Pulido que llegó un momento en que estaba tan avergonzado por esta falta de ‘maneras académicas’, de no saber cómo responder a tan imprevista oportunidad, esta indelicadeza saboteadora, que decidí que solo en persona podía enfrentar la deuda. Es un problema de expresión que sigo cargando, casi una contradicción en mi propio lenguaje que hizo que después de haber sido invitado y dejado estar en este espacio, no supiera cómo estar desde antes de la mejor manera.

No me excuso con lo que viene, pero no quiero dejar pasar la oportunidad para explicar cómo las dificultades que se interponen en mis maneras para estas relaciones tan valiosas y necesarias, fueron parte del proceso que llevó a esta maraña de dudas y el inventario de preguntas contenidas en el libro que me han dejado presentar aquí. Habla de las condiciones en que fue escrito, que es lo único que puedo aportar de más ahora, en primera persona, previo a la lectura que hagan, si es que deciden llevarla a cabo.

Este libro es en principio una declaración de dudas y de intenciones por entender esa ciudad que se menciona en el título. A Cartagena de Indias me une una relación contradictoria. No la soporto, así declaro. Es sumamente angustiante la vida allí -¿Dónde no lo es ahora?- y moverme por sus espacios me es muy problemático. No soy un patriota, por lo que me ha costado mucho encontrar fuentes de orgullo allá. Claro, no nací en Cartagena, así que eso me lo pueden cobrar los amigos y las amigas nativas en algunos momentos. Pero lo que es para mí, lo es en mucho mayor grado para un grueso de la población cuyo derecho a la ciudad está restringido o negado. Y no obstante con esa forma y esas sensaciones que me genera habitarla, tengo la sospecha cada vez más aterradora de que me estoy quedando sin forma de vivir por fuera de su intolerable cotidianidad.

Etelvina Bernal, amiga mejicana del instituto de estudios críticos donde ahora busco combustible para más dudas, me decía que la ciudad luego también te habita. Y mi amigo Ricardo Chica está convencido de que me consumiría si me voy a otro lado; o si la ciudad me deshabitase, digamos. Así que las intenciones declaradas, el deseo de entenderla algo más, está vinculado a esa fricción, a mi relación personal e intransferible con la ciudad y mi necesidad de darle sentido a esta problemática forma de estar allí, donde ahora está también mi hijo, él sí nativo.

El escritor cartagenero Roberto Burgos Cantor (con quien me une un gran afecto) suele decir que no regresa a Cartagena de Indias, el escenario de casi todas sus obras, porque perdería la nostalgia, su combustible creador. Si yo me apropio desvergonzadamente de esa figura, tendría que decir que me tengo que quedar para no perder mi incomodidad combustible.

Quise explicármela de algunas formas distintas antes de esto, echando mano de mi oficio anterior, que es el periodismo; y luego a formas menos problemáticas de análisis, echando mano de referencias legitimadas en todos los grupos de reflexión local. De cada uno de esos intentos hay algunas declaraciones de impotencia y de fracaso. Así como este libro que presento ahora, en principio declaración de dudas y de intenciones, es -en fin- declaración de fracaso. Lo que quería responder me sigue eludiendo, por supuesto. Lo que quedó está allí como resultado de un experimento que tuvo lugar en la escritura que alcancé a ejercer hasta proponerlo en la convocatoria pública de la Universidad de Cartagena en la que fue aprobado para publicación.

Una buena parte del texto fue trasplantada desde mi tesis de maestría. De hecho, fue el mismo título, una de esas cosas que ahora no entiendo por qué quedó. Pero todo, incluso eso, está mayormente ligado al ejercicio del Observatorio de Derechos Sociales y Desarrollo (Odesdo), del que hice parte. Esta fue una iniciativa concertada entre dos organizaciones sociales. Una catalana, llamada Acción para una Ciudadanía Solidaria (Accisol); y una local, la Asociación Santa Rita para la promoción y la educación (Funsarep), que lleva cuatro décadas trabajando por el derecho a la ciudad y formas de imaginarla y transformarla desde los sectores populares de Cartagena, especialmente los que están alrededor del Cerro de la Popa, que es uno de los marcos geográficos del ordenamiento de la ciudad. Funsarep es una convergencia de cuestiones y críticas a las estructuras de relaciones de género, étnicas, espaciales, de clase (una lectura compleja de la clase) que tiene como sumo de su trabajo la voz y el ejercicio de los sujetos populares.

El Odesdo buscaba generar información estratégica para los movimientos sociales y brindar apoyo a las organizaciones sociales de Cartagena en el análisis de los componentes del desarrollo y el derecho a la ciudad. Tenía tres enfoques: género, etnia y territorio. Hablo en pasado porque desapareció como proyecto, para transformarse en el Centro Interdisciplinar de Derechos Sociales y Desarrollo (Cidesd), del que no he podido hacer parte con la misma disposición, por mi vinculación de tiempo completo ahora al programa de Comunicación Social de la seccional Caribe de la Universidad Jorge Tadeo Lozano.

El Observatorio hizo grandes esfuerzos por reventar ciertos mitos que han servido de base indiscutida para el abordaje de las desigualdades en Cartagena. El de más exitosa carrera fue el mito de la ciudad dual, del que el investigador Libardo Sarmiento escribió: “es también mentira, sirve para adornar los discursos de los políticos, burócratas y académicos; alivia la conciencia filantrópica de las élites y apacigua el espíritu popular”. Lo que cuestionaba Sarmiento no era la existencia de una ciudad con desigualdades, sino la gestión de la idea de las dos ciudades para obviar sus causalidades e interrelaciones. Como si la bonanza de unos pocos nada tuviera que ver con la tragedia cotidiana de los demás. Un mito hecho imaginación urbana, proyección, que a fuerza de empujarlo a la materialidad ha conseguido darse forma en el espacio. Cumpliéndose esta segunda década del siglo XXI, Cartagena tiene por fin un norte para ricos y el resto para el resto, detritus.

Otro mito es el de la dependencia neocolonial, que ha motivado a gran parte de la clase reflexiva local a hacer explícita la conexión de la ciudad y el mundo, principalmente a partir de la dimensión hispano- colonial de su devenir. Historia romántica de un pasado esplendoroso o explicación de las condiciones actuales, más allá de su pasado, nunca se han abordado tampoco las interrelaciones para poder entender la globalidad desde y en la ciudad y, por tanto, la posibilidad de construirla desde allí. Para la mayoría de los grupos de estudio de Cartagena, y aquí conecto con otro mito, los problemas de la ciudad están explicados por la mala aplicación de un modelo adecuado, problemas asistémicos, relacionados con la falta de pericia administrativa o los ruidos en la adaptación cultural y social de un buen modelo, que queda así purificado, porque en determinado momento postcrisis (disimulando que la crisis es perpetua) comenzará a funcionar para todos.

Y finalmente está el mito del Capital Humano, quizá el más omnívoro de la reflexión teórica. Todo apuesta a la construcción de capital humano para la competencia en respectivos mercados. Por ejemplo, la relegación laboral de los afrocolombianos en la ciudad ha sido justificada por la ausencia de capital humano; y en general los análisis de causas de la desigualdad regional que conforman la batería analítica de los grupos de reflexión desde hace dos décadas están resumidas en la sentencia del hoy codirector del Banco de la República, Adolfo Meisel: “Todo el que estudie los factores asociados al rezago económico del norte colombiano llegará a la conclusión de que la mayor debilidad de la región está en sus bajos niveles de capital humano”. Sarmiento calificó el imaginario del capital humano como un arbolito de Navidad, al que se le cuelgan todos los problemas de la ciudad.

No se trata el Odesdo, sino del libro que presento aquí, que está vinculado al Odesdo. Pero quería sugerir que una búsqueda que tiene esta base de operaciones necesitaba sacudirse de ciertas metáforas fosilizadas en las discusiones sobre Cartagena. El sentido común, el sentido que ha sido incorporado como común en los análisis repetidos en la ciudad, aquellas metáforas que nos piensan, como diría Emmanuel Lizcano, lleva una premisa que intenté controvertir: la obligatoriedad de leer la ciudad desde el mundo. Desde esa perspectiva, la lectura y las premisas de lectura están bajo la orden de una clase reflexiva específica que se legitima a partir de una cadena de atribuciones mutuas. Quizá por eso en la declaración inicial del libro vi necesario enunciar que estaba pensado y ejecutado desde lo popular de Cartagena, no como objeto de estudio, sino como lugar desde el que se estudia la ciudad y el mundo. Yo no sé si lo conseguí, pero esa fue la intención. Advierto que en ese esfuerzo por sacudirme algunas cosas, creo que muchas se me salieron de la mano y en otras me hice bola. Acaso hay cosas en ese texto con las que ya no estoy completamente de acuerdo y que ya no podría defender con el mismo ímpetu, aunque tenga que responder por todas. Sobre todo porque en algunas hay exceso que ahora podría matizar. Pero también necesitaba el ejercicio, tomar la palabra, gritar la posibilidad y el derecho a exponer la ciudad desde ese lugar desde donde está escrito y del que es al mismo tiempo inventario de la búsqueda. Cada una de sus tres partes lo es.

Una columna vertebral es lo que fui entendiendo de la geohistoria del espacio urbano, como forma espacial humana (dice Harvey) y, por tanto, como materialización de sus relaciones en lo social, económico, político y cultural (para usar los elementos de la sociedad densa de los que hablaba Fernand Braudel). En ese sentido las referencias me fueron sirviendo para frotar estos diagnósticos de Cartagena no sólo con su propia historia y la idea fija de lo que debe ser una ciudad, sino con lo que la ciudad occidental ha sido, de acuerdo con esas referencias. Esta idea de las geografías postmodernas tomada de Edward Soja ha sido hasta ahora la que -según mi experiencia en esta búsqueda- mejor contenía esa posibilidad. Después, como decía, la intención de no leerla desde afuera pudo haber fracasado. Como sea, espero que haya quedado al menos en un encuentro, no una subordinación. Para mí sería doloroso en ese sentido.

Porque yo no estoy hablando en tercera persona de lo popular. Soy un sujeto popular que vive la ciudad desde las condiciones que ello implica. Como mi amigo Ricardo, como la gente de Funsarep, como el universo de amigos y amigas que ahora también la escribe desde sus lugares, que busca explicaciones también estudiando maestrías, doctorados, haciendo tesis sobre Cartagena desde acá desde México, desde Argentina, desde Ecuador, e incluso desde los Estados Unidos pre-Trump, desde nuestros blogs de apenas decenas de lectores; y que intenta, ya no tanto sacudirse violentamente las preguntas pre-elaboradas por algunos referentes de la teoría local, sino aportar las propias desde la experiencia de habitar la ciudad y de cotejarla, frotarla, compararla, hablarla, escribirla, colisionarla con esto que estamos también buscando aquí con ustedes, desde nuestra experiencia de lo popular. Y no podemos negar que sí tenemos referentes para hacerlo, gente que mostró la posibilidad de otros caminos.

Lo que pasa es que en aquella ciudad donde lo intentamos se nos hace difícil. Y conecto aquí con las disculpas que ofrecí al principio. No estamos acostumbrados a ser tan escuchados de forma tan abrazadora. No nos invitan a presentar nuestros libros sobre Cartagena en Cartagena. Hace apenas unas semanas que el Alcalde de la ciudad declaró ante medios que los estudiantes de los colegios oficiales no deberían estudiar filosofía porque eso no les sirve para nada y que deberían concentrarse en otros saberes que les den herramientas para sobrevivir. Para hacer cosas concretas. Por lo que ha sido la administración y asignación de derechos en la ciudad, yo sospecho que se refiere a capacidades de pobres para actividad de pobres en economía de pobres. Herramientas para sobrevivir con los que les toque sin pensar en la estructura de relaciones, en el sistema dentro del que les ha correspondido o se les ha asignado tal lugar. Que no cuestiones el orden sociorracial, sexista, homofóbico y clasista de la ciudad y la dimensión espacial que ha ido tomando desde la primera mitad de este siglo, por ejemplo, cuando además, ha estado particularmente vinculada a unas intensidades de circulación de capital que se absorbe especialmente y espacialmente en el mercado inmobiliario.

Esa declaración extravagantemente honesta del alcalde tiene equivalencia en la asignación de roles para la discusión de Cartagena, de su ordenamiento, de las posibilidades de imaginarla. Unos pueden analizar los asuntos importantes, otros los secundarios. La escucha está bastante determinada por ello. Digo, no estamos acostumbrados a que nos inviten a presentar libros de este tipo. Que lo hagan acá, a unos 3.000 kilómetros de distancia, y de esta forma, todavía nos agarra desprevenidos, aunque desde hace tanto tiempo tengamos referencias de lo importante que es y ha de ser México para muchas voces que encontraron aquí escucha.  Se los agradezco profundamente.

Muchas gracias.

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Posteado por: santiagoburgos | 23 febrero, 2017

La ciudad y sus trizas

Queda la sospecha de que el hombre celebraría al ver cómo se desbarata contra el pavimento ese cuerpo y esa vida que considera prescindibles [¿Puede asumirse?]. Está contando con que la mujer salte, con que deje “de amagar” y se decida a perderse. La está esperando: “Te estamos esperando”. Está mofándose: “Por ahí es el ascensor”. La está azuzando: “Dale, dale”. Diarrea de risa. Agitador morboso. Hijo de puta.

Desde la altura donde la puso su desespero la chica está decidiendo si el mundo ya la jodió lo suficiente. Toma impulso y se detiene. No se suelta, no se lanza. Está prendida de las barandas del balcón, lo único ligeramente sólido ahora mismo en su relación con el mundo. La indecisión se nota en las contracciones de su “espalda grande”, en los movimientos de esos “hombros anchos” que el agitador de abajo considera imposibles en/para una mujer: “Eso no es mujer”, declara. “Eso no es mujer”, repite. Y si no es mujer ni hombre, no es más que potencial montón de huesos y vida prescindible, sugiere su deseo de verla untada sobre el pavimento. [¿]Ella no es nada[?].

***

El machete se siente raro en la mano. Aquí de este lado de la puerta él piensa en la mujer transexual del balcón y el grito del tipo que la espera abajo, reventada contra el pavimento. Aquí, madrugada todavía, del otro lado de la puerta hay un tipo en silencio. Pide también un salto. Está esperando, pero no habla. Está azuzando, aunque no grita. El de afuera está forzando la puerta de la casa. Recorre entradas posibles, sacude rejas.

La puerta de la casa ha sido magullada. Entra un hilo de luz por una brecha en la madera que anoche no estaba, a fuerza de madrugada y cuchillo de hampón [un cuchillo como cualquier otro en manos específicas]. ¿Qué pasa si el tipo entra? Que entra el temor y la rabia, la sensación del barrio popular se transforma, desaparece la calidez del comadrazgo/compadrazgo, se arruga la conciencia de clase, se desliza el compromiso político por debajo del terror y el azare de la pareja que ruega que un policía conteste el teléfono de emergencia.

El machete se siente tan putamente raro en la mano y quien lo sostiene se siente de repente cayendo en un depósito de inhumanidad: si el tipo entra quizá no hay opción de no perderse en la pelea animal y la hoja oxidada que machuca el cuerpo del otro, dos personas a muerte en este pantanal de asesinos y violentos en potencia que es la ciudad. La humanidad o la vida, te pide esta ciudad hecha ataque.

***

Una mujer patalea, araña, repele, golpea contra toda la porquería hecha un tipo, toda una estructura que entonces, en esa madrugada, en esa soledad, en esta soledad, ese despojo, le cae encima. La dignidad o la vida, que le pide la ciudad hecha un hombre.

Jazmín tomó un taxi para regresar a casa. Muchas horas después, su cuerpo lastimado por el odio fue encontrado debajo de láminas de zinc. Quemaduras y otras heridas de una pelea sobre/en la carne de quien no ha podido relatar su terror. Parte de su piel asada por una sartén hecha con las láminas que el matón puso para cubrir lo que creyó era ya un cadáver. El sufrimiento que le impusieron por ejercer su derecho a andar por la ciudad y la noche. No llegó a su cama. Peleó a muerte, parece. Fuerza bruta contra derecho.

***

[…]

Posteado por: santiagoburgos | 11 febrero, 2017

Bitácora 1. La razón del policía

[2011*]

El hombre policía me detiene, mientras la mujer policía espera que el operador, desde la estación, le responda por el radio si los dos jóvenes que acaban de someter al cacheo tienen antecedentes. El hombre policía pide mis papeles y exige el cacheo.

–          “¿Qué pasa?”, le pregunto.

–          “Rutina”, me dice, como si eso saneara todas las respuestas.

La playa está llena de gente. Señores, señoras, hombres, mujeres, más blancos. Quizá, y sólo quizá, los tres sometidos al cacheo somos los más jóvenes. Posiblemente, los más negros. El hombre policía quiere ver lo que llevo en el canguro (bolso).

–          “¿Qué necesitas y yo te muestro?”, le pregunto.

–          “Quiero ver el contenido”, me repite, como si eso saneara todas las respuestas.

Entre mis preguntas, sus exigencias, las respuestas o la falta de respuestas, las razones y sus razones, la conversación se vuelve pesada. El hombre policía exige ver el contenido del bolso para dejarme ir. Yo le exijo una razón para mostrarle el carné de la EPS y los 2.000 pesos para agua en bolsa que cargo, además de la cédula que tiene en mano desde el principio de la conversación.

La mujer policía, que hasta ahora parecía avergonzada por la falta de razones de su compañero saca de la manga una queja que sorprende:

–          “Ustedes los profesores de derecho creen que se la pueden montar a uno, como si uno no conociera las leyes”.

El hombre policía, que ha amenazado con llamar a la patrulla (yo pensé que él era la patrulla), se pega de inmediato del argumento de su compañera:

–          “No creas que por profesor me la vas a montar”.

Algo dije que parece de escuela de leyes. Quizá mencioné la palabra derechos. Quizá mencioné la palabra explicación. Quizá algo dije de lo que aprendí con organizaciones populares. Algo pregunté y sospecho que la pareja de policías asume que deben ser los abogados los que preguntan. Los otros dos jóvenes afrodescendientes no se han ido. Me sugieren mostrarle el contenido del bolso al policía: “Si no tienes nada, nada temes”.

En medio de la conversación el hombre policía descubre que tengo una perforación en la lengua. Se indigna, se sorprende, se sincera en el tono de recriminación. Y yo al fin entiendo sus razones. Me tomó 25 minutos entenderlo. Entiendo entonces que a lo mejor la razón de su sospecha es que soy (o parezco) joven, que llevo arete y otras perforaciones, que troto con ropa gastada y que soy de piel negra, suficientemente y sospechosamente negra.

– “Hagamos un trato. Acepta que por estas razones me detienes y yo te muestro lo que llevo en el bolso”.

El hombre policía acepta. Le muestro un carné de EPS y 2.000 pesos. Me devuelve la cédula. Me voy. Me costó 30 minutos aprender un poco más de la minucia del sistema local o de la versión local del sistema. Me pregunto qué aprendió el agente de policía.

[*Escrita en 2011. Publicada ahora, asumiendo que tiene vigencia en las prácticas de la ciudad y renovada vigencia ante el nuevo código de Policía]

Posteado por: santiagoburgos | 7 julio, 2016

La ciudad y los que están de más

El grito del anciano se quedó en un chiste de 33 segundos. Parroquial lectura de lo que le cuesta la supervivencia a la gente. Poca reacción sobre lo que se le desprendió al gritar: la comunidad, lo común, la ciudad, los derechos. Viejo necio que pelea solo contra su obsolescencia, sobra en esa vía, en ese Centro Histórico que las élites locales quieren reservar para los ricos del mundo. Para no ser excluido también de su último relato, gritó: “¡Eso está de más aquí, fuera! ¡Eso está de más aquí!”.

El grito se le devuelve en mofa y lo consume, lo descascara. Viejo desnudo de seguridad y apoyo que apenas pudo empujar media carreta sobre el andén y hacerse todo, completo él, a un lado, para que el futuro colorinche de la ciudad a la que ya no pertenece le pase por el lado. Queda una sensación de soledad y despojo salada por risas, la imagen de un despojo que grita con lo poco que no le han quitado: “¡Fuera, fuera, maricón!”.

El grito se le devuelve cotidianamente a la masa de gente que queda por fuera del molde que da forma a la Cartagena de Indias imaginada lejos de sus habitantes y defendida por los incorporados, los que caben o creen que caben porque no han tenido que hacer su carreta a un lado. La ciudad como institución va cerrando sus fronteras para mantener la carreta lejos del bus articulado y a todo el conjunto al margen de las dinámicas con las que apenas unos pocos se enriquecen. En una esquina los incorporados aplauden y se enorgullecen con la construcción de grandes fortificaciones para proteger la excedencia, archipiélago de proyectos inmobiliarios sobre los que el sistema aterriza capital para que este montón de tierra periférica cumpla con su papel de absorberlo. En la otra la institucionalidad ajusta, impone, disciplina y presiona por lograr un cuerpo social que pueda complacer o desaparecer de acuerdo con el papel residual que le han obligado asumir. Complacer sin queja, desaparecer sin gritar. Borrarse.

El cepo es el centro, el Centro es el cepo, siempre el Centro Histórico y la idea fosilizada del patrimonio y su uso innegociable, su sentido limitado y rígido, apodíctico. El motivo de premios, la tacita de plata, la gallina de los huevos de oro [para quienes acumulan el oro]. El tablero para las clases de urbanidad feudoburguesa, para el uso del semáforo, el paso de cebra, la señalética, las reglas y la forma de habitar que nunca aplicaron ni son posibles en otro lado. Allí donde se mide la posibilidad de la incorporación, piedra de toque, los dignos de ser aquí. El laboratorio para aprender cómo comportarse, cómo protestar, cómo quejarse [en voz baja y sin molestar mucho], cómo desaparecer. La excusa para ser borrado.

En la esquina de los que sobran, En esta angosta esquina de la puta tierra, un alcalde gobierna por la orilla. Poda maleza popular, combate el sancocho en la playa y a la gente popular que lo organiza y que las usa, prohíbe bailes, habla gracioso, matiza el golpe que reciben los derechos de la gente con pura gracia, usa su traje popular para poner la mano en señal de “no pasarás”, no pasarás valecita, busca tu charco babilla, gallina en patio ajeno, en jean no entras.

Archipiélago rico para ricos, archipiélago pobre para pobres. Alcalde y otros funcionarios del Estado y las instituciones son porteros, tipos parados en la puerta del bar, restaurante, hotel o gran superficie, guardias del hospital pidiendo carnés de la EPS, policías cacheando a quien ven más negro. El sujeto popular que protege la puerta contra lo popular. Gestión de empatía para la discriminación: reconoce al otro en sí y mucho de sí en el otro, ve lo común y lo colectivo, ve al jodido que carga en lo jodido que trae el otro; así que lo detiene. Gestión de empatía para la exclusión: su trabajo es saberse excluido y reconocerse en el otro para excluirlo. Así un estado paralelo, así la guerra social, así los despojos se auto-controlan, se asaltan, se roban, se temen, se matan, restos peleando el resto con el resto. Bárbaros, escribe el editorialista: plebes, sudorosos, apestados, inconscientes que ni siquiera saben protestar de buenas maneras.

Esta forma de ciudad construye y reproduce al tipo que graba con su celular desde la acera, el que fomenta la mofa contra el viejo de la carreta: “Salte de la vía”, “monta la carretilla”, “no cojas rabia, nojoda”, “corroncho”, “sólo en la fantástica”. Luego le devuelve el grito al anciano, reflectado, voz especular que ahora se grita a sí misma, que le grita a todo lo jodido y todos/as los/as que sobran: “Estás de más aquí, fuera, fuera, maricón”.

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